—La dejaré instalarse.
Si no hubiera sido porque no casaba con la actitud que había demostrado hasta ahora, habría pensado que mi solitaria anfitriona se burlaba de mí. No llevaba conmigo ninguna maleta, ninguna bolsa de tela en la que guardara algo de ropa interior y una chaqueta. Ningún neceser, ningún monedero para comprarme las cosas por el camino. Ni un triste cepillo de dientes. Había salido corriendo de mi antiguo hogar, huyendo del incendio y de los bomberos, sin tiempo para coger ni mi bolso. Lo único que tenía que instalar en el dormitorio eran mis ganas de dormir en una cama, y eso ya lo había instalado nada más posar un pie en la aldea.
Ocurrió algo. Algo extraño de explicar. La mujer salió de la que de ahora en adelante sería mi cuarto privado y yo escuché un ruido que parecía surgir de dentro del armario. Una melodía que me atraía, como una sirena. Una llamada de auxilio.
En realidad no se escuchó nada, claro, pero algo me hizo abrir las puertas de madera. Y cuál fue mi sorpresa al verlo lleno de hermosos vestidos. Tal vez de cuando mi anfitriona era joven, tal vez de otra bella muchacha. Azul cobalto, verde lima, rosa palo. Colores que jamás olvidaré. Esa misma noche, a la hora de la cena, averiguaría que los vestidos pertenecieron a su hija, pero de momento los acariciaba imaginándome a una joven y antigua anfitriona luciéndolos en las fiestas del pueblo.
Pero los vestidos que heredaría también esa misma noche tras el «Puede quedárselos si le vienen» de la dueña de la casa no son lo único que encontré. Tras ellos se escondía un tesoro aún mayor. Tras ellos me encontraba yo, de pie, con expresión de asombro, la boca abierta de par en par, como las puertas del armario, y los ojos como platos. Tras las suaves telas coloridas se encontraba un espejo.
Pesaba demasiado para levantarlo a la primera, así que lo deslicé poco a poco hacia mí. Restalló un poco al rozar con la madera, pero ambos materiales eran muy resistentes como para haberse estropeado. Conseguí alzarlo despacio a unos exiguos milímetros de la base del armario. Lo saqué con mucho esfuerzo y lo apoyé, dando un fuerte estrépito y de forma provisional, en la pared; hasta que no encontrara el sitio idóneo, lo dejaría a la derecha de la ventana.
—Ya está, ¡cuánto tiempo sin verme! —Estaba realmente satisfecha de mi proeza.
Entonces me di cuenta de mi aspecto. Pasé las mangas de mi vestido sobre el empolvado cristal y vi mi cabello alborotado, mi ropa sucia y desgarrada, mi aspecto de haber estado tres días vagabundeando por las montañas. Aquella superficie reflectante me hizo ver que si yo me hubiera visto llegar al pueblo con este aspecto seguramente también me habría cerrado la puerta en las narices. No me habría parado a pensar que tal vez, sólo tal vez, había estado huyendo del gran incendio que arrasó su casa con su amante dentro.
Me puse a pensar en él. En Lucio. Recordé la primera vez que me sumergí en el placer de su carne. La primera vez que caí en la tentación.
Nunca antes había estado en su casa. Entre esos brazos que me rodeaban y esa húmeda boca que me succionaba las pocas dudas que había podido tener a lo largo del camino hasta llegar a tocar el timbre. Estaba en DEFCON 4: un poco nerviosa, pero nada grave. Él alivió la tensión del momento señalándonos en el espejo que teníamos en frente. Un espejo casi tan alto como las paredes. Un espejo casi tan grande como mis ganas de estar con él. Nos piropeó. Acarició mi espalda y nos piropeó. Yo no sabía si de verdad creía lo que estaba diciendo, que era preciosa, pero a su lado me sentí así.
Mi actitud de dejarme hacer me trasformó en una delicada margarita: él se encargó de quitarme uno a uno todos los pétalos. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo sabía que en su interior rezaba por que hubiera traído un número impar de prendas de vestir
Me encontré desnuda frente a él, pero no tenía miedo. Me sentía cómoda a su lado. Me sentía fuerte. No era la primera vez que lo intentábamos. Lo nuestro ya había empezado a hornearse tiempo atrás, pero habíamos sacado la tarta demasiado pronto del horno. Ahora teníamos otra segunda oportunidad, sólo necesitábamos no precipitarnos con el postre.
Se despojó entonces él de todas sus hojas. Llegó el otoño en su dormitorio. Pero la estación que vino después no fue el invierno sino la primavera. Una primavera letal para todos los alérgicos al polen.
Después de aquello empezamos a salir.
—De acuerdo. Que pase una buena tarde.
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