El incendio parecía haberse iniciado en el bosque. Al contrario de la aldea de la anciana que escuchaba atenta mi relato, la aldea de la que yo provenía no había sido edificada en medio del bosque, pero teníamos uno pequeño en lo que nosotros solíamos llamar la parte de atrás. Y mi casa era de las que más atrás estaban, así que fue de las primeras en convertirse en polvo. Junto con todo lo que había en su interior.
Nada más salir por la puerta eché un rápido vistazo alrededor para asegurarme de que tanto mi padre como mi madre seguían vivos. No los encontré, pero dado que habían pasado la noche fuera, en la otra punta del pueblo, supuse que estarían bien. Aproveché la confusión que había creado el fuego y me adentré en la oscuridad. Corrí por entre los árboles que se hallaban más lejos de las llamas y no volví la vista atrás.
No comenté a mi silenciosa oyente que mi intención era que me creyeran pasto de las llamas. Y ella, tan discreta como era, no preguntó por qué, si yo no había provocado el incendio, huí de esa manera.
La verdad es que el fuego fue una bendición. Aquella noche, como todas, Lucio entró por la ventana de mi habitación. Lo había hecho ya tantísimas veces, desde antes, incluso, de que nuestra relación se volviera tan abusiva, que cada vez escalaba más velozmente las paredes de ladrillo. Pero, a diferencia de otras veces, esa noche lo esperaba ansiosa.
Mis padres se habían ido a casa de unos amigos a celebrar un cumpleaños. No iban a ser los únicos padres que acudieran a la fiesta. Esa noche muchos adolescentes tendrían la casa para ellos solos. Y esa noche Lucio y yo hicimos el amor.
Por primera vez di yo el paso. Lo conduje a sentarse sobre mi cama bien hecha y me senté sobre él, tapándole la boca para que no hablara. Me sentí como si estuviera en la cima del mundo. Podía extender la mano hacia arriba y tocar el sol, pero preferí tocarlo a él. Yo tenía el control.
Besé sus labios. Sus carnosos labios. Y por primera vez en mucho tiempo me supieron a gloria. Pedazo de cielo en nuestras bocas, lamiéndolo y relamiéndolo, transportándolo de una cueva a otra, con nuestras lenguas.
Sin esperar mucho tiempo, nos deshicimos de la ropa como el viento se deshace de las hojas de los árboles. Estábamos en la cima del mundo y estábamos juntos. Podía extender la lengua hacia el cielo y quemármela con el sol, pero la deslicé hacia el centro de su virilidad. Un cordero recién nacido recibiendo por primera vez el néctar que lo mantendrá con vida por un tiempo.
Nos alimentamos mutuamente como dos amantes. Por primera vez el deseo, las caricias, el amor. Le había pillado por sorpresa y resulta que le gustaba. La delicadeza, el pacto, la aprobación. Me entregué a él.
Me entregué a él y él se durmió en mis brazos. Así que me zafé de él y abrí despacio el cajón superior de mi mesita de noche. Cogí el cuchillo que había escondido justo después de que se hubieran ido mis padres, creyéndome dormida en mi habitación y lo degollé como degolló mi padre al cerdo en la festividad del Patrón del pueblo. Después me puse mi vestido blanco y mis zapatos de los domingos, los que usaba cuando iba a la plaza del pueblo a oler las flores mientras me reía de los feligreses, y volví a esconder el arma.
Nunca había visto a Lucio tan tranquilo, tan en paz con el mundo. Recé a un Dios en el que no creía por su alma. Por que perdonara sus pecados, su ambición. Al fin y al cabo era sólo un muchacho al que nadie había enseñado a hacer el amor. Él sólo se guiaba por un instinto muy primario.
Fue entonces cuando apareció el fuego. Y se me ocurrió la idea de que quizá, tal vez, si lograba huir de allí, creyeran que el cuerpo que yacía calcinado sobre mi cama era el mío.
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