Tras despertarme de mi trance gracias a lo que pareció el sonido de un cuchicheo en el piso inferior, bajé en busca de la mujer para preguntarle por la habitación en la que me hospedaría.
—¿Quién era? —La encontré cerrando la puerta; acababa de despachar a alguien.
—¡Oh!, nada. Una vecina. La verdad es que no suelen venir mucho por aquí —de nuevo esa risa estridente suya a la que acabaría acostumbrándome—. Ha venido con el pretexto de avisarme de que hay una forastera que se ha acercado por aquí. ¡Es evidente que llega un poco tarde!
Empezamos a reír las dos muy a gusto y terminamos coincidiendo en que lo que de verdad quería era curiosear a ver si yo seguía en la casa y si iba a quedarme mucho tiempo. Ninguno de los aldeanos tardó en averiguar que la respuesta era sí.
Sí. Sí. Cuánto tiempo sin afirmar tan rotundamente algo. En los primeros días en mi nuevo hogar, adaptándome a tener que bajar y subir la colina para ir y venir de la villa casi diariamente, puesto que todas las tiendas y demás sitios de interés estaban allí congregados, pensé mucho en mi vieja casa chamuscada.
Tenía siempre presente a Lucio, cada vez que me observaba en el espejo, y aún me preguntaba cómo había ocurrido la metamorfosis. Si había experimentado un cambio gradual o si yo lo había empujado, de un día para otro, a renacer.
Todo iba bien entre nosotros. Los días resplandecían más cuando caminábamos cogidos de la mano. Los pájaros cantaban a nuestro paso. Los girasoles nos confundían con el astro rey. Estábamos enamorados. Hasta que un día se volvió ambicioso.
Empezó a buscar en mí algo que yo no tenía, o creía no tener. Se tornó un pirata esclavizando la tripulación de su navío, profanando mis tierras con su pala, como si mi cuerpo fuera una remota isla del Pacífico, y fraccionando nuestra intimidad con ayuda de la botella de ron.
Tenía catorce años en aquella época, un año más desde que comenzó nuestra historia, un año menos que cuando terminó, y me preguntaba dónde habían quedado los abrazos. Dónde habían ido los besos con los que antes me pedía que me quedara. ¿Acaso se habían caído por la borda todas sus muestras de afecto? ¿Es que ya no me quería?
Su boca me succionaba ahora como si de un agujero negro se tratase. Es de sentido común asegurar que cuando atraviesas un agujero negro te mueres. Su lengua de serpiente inyectaba el veneno en la mía inocente. Su mirada se volvió oscura. Sus dedos eran gusanos y mi sexo, el cadáver que debían devorar.
Yo deseaba seguir siendo una isla deshabitada, una isla tranquila en medio del Pacífico, pero le dejé cavar. Le dejé cavar hasta encontrar el tesoro que buscaba. Y dejé que se lo llevara. Pero, como he dicho, se había vuelto ambicioso.
Le entregué mi virginidad y le supo a poco. Así que cada noche vino a por más. Y aunque nuestros cuerpos cada vez se fundían más el uno con el otro, nuestras mentes cada vez estaban más distanciadas. Ya no había la dulzura que había habido antes, ya no brillaba el sol porque ya no paseábamos de la mano. Ya no hacíamos el amor, sólo profanábamos mi cama. Se había levantado un muro entre nosotros que sólo se deshacía cuando su sexo penetraba el mío. Y yo me dejaba hacer. Pensando que quizá, tal vez, el amor infantil de las risas al unísono y las miradas cómplices ya había caducado para mí.
Le hablé a mi anfitriona del incendio. El terrible infierno que asoló media aldea. Y de cómo escapé. De cómo el fuego se fue extendiendo por las casas de madera, en una villa parecida a la que ahora habitaba, pero por suerte no tan apelotonada.
Conseguí salir corriendo de mi casa, bajando torpemente las escaleras y sin poder pararme a coger nada. El humo lo invadía todo, apenas podía respirar, cundía el pánico por doquier. Los niños lloraban, les habían levantado injustamente de sus camas, ahora no podrían volver a conciliar el sueño.
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