domingo, 20 de diciembre de 2020

R (LVA)

Te lo cuento porque es irremediable.

Los estómagos, Luna Miguel.

 

—Ven —fue la primera vez que me tuteaba; se arrastró por mi cuerpo una sensación extraña, como un escalofrío—. Te mostraré algo.

 

[...]

 

—¡Adelante! ¡No te quedes ahí parada, chiquilla! —¿Chiquilla?— ¡Pasa!

Me dio un pequeño empujón con su mano derecha sobre mi espalda y me obligó, amablemente, a pasar. Olía de forma realmente exquisita... Nunca olvidaré ese olor. Era una mezcla de pino, proveniente del bosque, y flores; unas flores que no sabía distinguir por mi escaso conocimiento en la materia. Además, era una habitación cálida y llena de amor.

Di unos pasos hacia delante y me fijé en el retrato que había colgado sobre el lecho de la anciana. Se trataba de una familia verdaderamente feliz, todos con una amplia sonrisa. La pareja, con ojos de enamorados y sonrisa dulce, se encontraba a los lados del lienzo abrazando ambos a la pequeña muchacha que regía, con sonrisa juguetona, el centro del cuadro. Una familia feliz, sí, verdaderamente feliz.

—Veo que te has fijado en mi más preciado tesoro —di un pequeño respingo; de tanto mirar el cuadro había dejado de pensar en mi alrededor y había estado a punto de creer que me encontraba sola—. Mi más preciado tesoro...

Un tesoro enmarcado en la madera que parece ser estaba de moda en aquellos tiempos, un bien preciado capaz de sacar una melancólica sonrisa a una mujer a la que se le saltaban las lágrimas cada noche, antes de dormir, cuando lo observaba.

—¿Puedo preguntar de quiénes se tratan...? —Dije tímidamente en un tono dubitativo un tanto infantil; quizá era cierto que seguía siendo una «chiquilla».

—Claro que puedes, ¿cómo no? Ja, ja, ja —Esa era la risotada que me hacía ver que no ocurría nada, la que me aliviaba en mi pueril pusilanimidad—. Habrás deducido tú solita que la mujer sonriente, la de la derecha, soy yo.

—Sí, se le parece bastante...

—Por favor, tutéame.

—Oh, perdone... ¡Perdón! Ambas tenéis las mimas facciones —la muer tenía razón, se parecían; tenían los mismos ojos y los mimos labios... ¡y la misma cara! ¿De verdad no me había dado cuenta aún?—, y la misma sonrisa...

—Sí... Sólo que era bastante más joven, ¡claro está!

Un triste suspiro de devoción por el pasado recorrió la estancia y nos envolvió cálida a la vez que fríamente.

—El hombre de cabello castaño y barba y cejas pobladas que me acompaña, como habrás deducido también, se trata de mi marido.

Aquel era su rostro. El color de los ojos no se apreciaba con claridad, más se le veían sinceros. Vestía como un verdadero campesino lleno de fino polvo. Tal vez fuera labrador o de algún oficio semejante.

—Y la pequeña señorita... vuestra hija.

—Así es... El vestido que lleva puesto se lo hice yo misma, ¡con mis propias manos!, con la lana del pueblo. Un traje hecho a medida para mi princesa de piel y rizos dorados, el angelito de ojos verdes de la familia, mi debilidad y la de mi esposo —se derrumbaba poco a poco ante mí y yo no podía hacer nada por evitarlo—. Pero las desgracias ocurren, sin saber por qué, y todo se oscurece de pronto y sin aparente motivo.

«¿Qué ocurrió?», habría deseado preguntar; pero era una situación un tanto incómoda y suponía que la respuesta sería demasiado... trágica. Seguramente no la hubiera ofendido ni nada por el estilo, pero no quise arriesgarme.

Chère...

—No tiene por qué contarme nada si no quiere —olvidé tutearla de nuevo, pero no pereció percatarse.

—Venga, te acompañaré a la que será tu habitación.

—¿Piensa acogerme de verdad en su morada?

Mon Dieu ! Qu'est-ce que je t'ai déjà dit ? Tu toie-moi ! Ha, ha !

—Perdón... se me olvida.

La típica sonrisa de haber olvidado algo de poco valor aparente emergió de mi boca mientras mi vista se deslizaba veloz hacia el suelo. Me mordí el labio inferior y volví a mirarla a los ojos. Sonrió ampliamente y salió por la puerta. No tuve más remedio que seguirla, no era de mi agrado permanecer en la habitación de una mujer sin que ésta estuviera allí presente, y mucho menos con el retrato de dos difuntos que miraban felizmente e incomodaban sin querer a una recién llegada.

[...]

Me contó entonces su historia.

Me contó que nació y se crió en un pequeño pueblo del norte de Francia. Un pueblo pequeño. Más, incluso, que este en el que nos encontrábamos. Siempre fue una niña tímida. Aplicada en la escuela, si se le podía llamar escuela a las clases de costura y demás quehaceres domésticos, y responsable en todos los ámbitos. Su padre le enseñó a leer y escribir a edad muy temprana porque no quería que fuera demasiado ingenua, como lo eran, por culpa de la sociedad, las mujeres de su época. Así que se acostumbró a escribir un diario. 

Escribía todo lo que hacía. Los lugares a los que iba, las personas con las que se cruzaba, las conversaciones que mantenía, las que oía que mantenías las personas con las que se cruzaba. Procuraba escribir con todo lujo de detalles todo lo que ocurría a su alrededor a lo largo del día. Lo que comía, los vestidos que llevaba, los pensamientos fugaces que invadían su cabeza rubia como el oro... Hasta que lo conoció a él.

 

Antes de éste venía, al menos, otro capítulo que no llegué a escribir. Se llamaba «N» y llevaba una cita de Bárbara Butragueño: Yo sólo quería sentir el calor obstinado de la amistad - «La pregunta es»

Este comienzo de capítulo ni siquiera está pulido del todo.

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