miércoles, 14 de febrero de 2024

UN ENCUENTRO (tres poemas de amor)

Caricia
 
una falange distal curiosa
emprende camino a mi boca
 
cabalgando decidida este desierto
sin temor alguno hacia lo incierto
 
poco a poco se acerca a mis labios
a esta humedad no vista en años
 
y tantea con delicadeza
la virtud de esta pureza 
 
con mucha paciencia y esmero
consigue abrir las puertas del cielo
 
para adentrarse en lo más profundo
de este cuerpo cálido y fecundo
 
 
Abrazo
 
giran los engranajes de mis huesos
hasta colocarse en dirección a tu cuello
entre caricia y caricia mis dedos
terminan enredándose en tu pelo
 
entonces sucede
 
            alzamos el vuelo
 
encajamos dulcemente y con destreza
de este sencillo puzzle las piezas
una pierna con otra nuestras cabezas
acomodamos sobre esas almohadas viejas
 
entonces ocurren
 
            las turbulencias
 
una cálida explosión entre nosotros
aumenta la temperatura poco a poco
este trayecto se ha vuelto peligroso
y en mi interior siento el maremoto
 
entonces deviene
 
            aterrizaje forzoso
 
 
Beso
 
So, so, so, so, so, so good
Rosalía - HENTAI
 
tus párpados dos velas blancas
dejándose llevar por el viento
disfrutando de la mar en calma
regocijándose en su pasatiempo
 
sin prisa pero sin pausa
tu lengua aprende el movimiento
que hace que prenda la llama
que presagia el alumbramiento
 
una sensación de lo más grata
recorre mi piel suave y lento
surge de mi boca una balada
que me deja casi sin aliento
 
dirijo entonces la mirada
a las estrellas del firmamento
concediendo a la diosa romana
¡menudo descubrimiento!
 
percepción de bienestar asegurada
cariño, tú siempre tan atento
las raíces de tus manos enredadas
con las mías en todo momento
 
una cubierta a dos aguas
hecha de arcilla y alimento
mi cuerpo protegiendo tu cara
de las inclemencias del tiempo

domingo, 14 de enero de 2024

AA

Hola, me llamo Sara y soy acólita.

No en sentido religioso, claro, sino más bien físico.

Normalmente, cuando tengo dudas sobre una palabra, la busco en el Diccionario de la Lengua Española, al que puedes ir escribiendo «dle.rae.es» en el buscador o acceder directamente desde la RAE. Sólo de manera ocasional me dirijo a WordReference.

Ninguno de estos diccionarios da la importancia que se merece a la palabra, que es lo que soy y por lo que estoy aquí. Para la Real Academia Española, es la cuarta y última acepción, que dice así:

4. m. satélite (|| persona que depende de otra).

Como veis, ni siquiera te dicta directamente el significado, sino que primero te da una palabra que puede servir de sinónimo y ya, después, una brevísima definición. Para leer la definición completa debes hacer clic en la palabra «satélite», que te redirige a la acepción que buscas:

 3. m. Persona o cosa que depende de otra y está sometida a su influencia. U. t. en apos.

No vaya a ser, pobre de ti, que te pienses que eres un cuerpo celeste opaco que sólo brilla por la luz que se refleja del sol y gira alrededor de un planeta.

Como digo, en WordReference tampoco es que haya mucha diferencia; lo que pasa es que hay una acepción menos y, por tanto, la que nos atañe no es la cuarta sino la tercera:

3. col. Persona que depende de otra.

Depender de alguien no es tan sencillo como parece.

Primero hay que pensar bien de quién vas a depender. Si eliges, por ejemplo, una persona que viaja mucho, probablemente acabes sintiéndote muy sola; si eliges, por ejemplo, una persona a la que le guste estar a tu lado, pues no.

También debes tener en cuenta si vas a depender totalmente o sólo en ciertos aspectos. Por ejemplo: puede no importarte que la persona de la que dependes no pase la mayor parte del tiempo a tu lado siempre y cuando te escriba algún mensaje, mínimo, cuatro veces por semana. Es muy doloroso comprobar que, encima de que casi nunca está contigo, siempre eres tú la que anda detrás para que mantengáis una conversación. Yo confieso que la mayoría de las veces prefiero el silencio, siempre y cuando el silencio implique que la otra persona se encuentra en mi misma habitación. Pero esta es sólo mi perspectiva, por supuesto, en realidad es una cuestión de gustos.

El tiempo también es muy importante. ¿Tu dependencia va a ser a jornada completa o sólo los fines de semana? A lo mejor trabajas en una empresa informática y libras sábados y domingos; no quiere decir que tus sentimientos hacia la persona de la que dependes varíen de manera regular, sino que en el trabajo estás tan distraída que no te da tiempo a pensar en tus carencias. A mí me ha pasado, no siempre, pero me ha pasado. ¿A alguien más le ha pasado?

A lo mejor son las noches las que te ponen triste y no soportas la soledad que esto conlleva. A lo mejor es el despertar y ver que no hay nadie respirando con fuerza sobre tu nuca. A lo mejor no te gusta comer sola.

En mi tercer año de universidad, tuve la obligación de quedarme a comer dos días a la semana porque tenía clase mañana y tarde y muy poquitas horas de diferencia. Coger el metro y el autobús para comer en casa y luego coger el autobús y el metro para volver a la facultad no me salía rentable, así que tenía que comer en la cafetería. En mi tercer año de universidad, seguía arrastrando las asignaturas de primero. Las clases de por la mañana y las de por la tarde no formaban parte del mismo curso y nadie más las estaba repitiendo, así que comía sola. Nunca comí en la cafetería.

Una cafetería es, según la Wikipedia, «un establecimiento de hostelería donde se sirven aperitivos y comidas, generalmente platos combinados, pero no menús o cartas». Como veis, a veces también leo la Wikipedia. En el segundo párrafo explica que «en algunos países se le llama cafetería a un restaurante donde no se ofrece servicio de camareros, y donde los clientes utilizan una bandeja, para pasar a una barra de menús y escoger sus platos, y luego pasar por la caja para pagar, principalmente en centros comerciales, de trabajo y escuelas». O universidades.

En mi universidad las mesas y las sillas de la cafetería eran de color añil. Las bandejas no lo recuerdo, ya que sólo las usé una vez: cuando me invitaron, en el sentido cortés y no monetario de la palabra, a comer. No era la cafetería más cara de la zona, pero la de la facultad de filosofía, que se encuentra justo al lado, era más económica. Hablo en pretérito porque hace años que no me acerco por allí; puede que las cosas hayan cambiado.

No sé por qué, pero comer delante de alguien que no está comiendo conmigo me pone nerviosa. A lo mejor pienso que me mancharé y haré el ridículo. O que habré elegido algo que se supone que no se come a esa hora y se burlarán de mí. O que algún buen samaritano, sin ninguna mala intención, me deseará que me aproveche.

Sentarme sola en un lugar público al que la mayoría de la gente se sienta por grupos o en pareja no me parecía lo más apetecible, así que lo que hacía era irme a la biblioteca. Claro que a esa hora, en la biblioteca, me daba miedo que alguien me viera y se preguntara por qué no me iba a comer; así que utilizaba mi carnet de estudiante para sacar un libro y me iba al parque a leer. Devoraba libros, que suele decirse, aunque no haya ninguna dieta que lo especifique como algo saludable.

Sí, pensar que alguien pudiera verme a esa hora en el parque y se preguntara por qué no estaba comiendo tampoco era plato de mi agrado; así que procuraba sentarme en un banco lo más apartado posible y nunca más de veinte minutos seguidos, no fuera a ser que el hombre que llevaba el mismo tiempo que yo leyendo en el banco de enfrente empezara a sospechar. Pero no os preocupéis que comer, lo que se dice comer, sí comía: si veía que tenía hambre, me iba a algún supermercado y me compraba alguna cosilla. Papas, frutos secos, napolitanas de chocolate. Gominolas.

Como decía, depender de alguien no es tan sencillo como parece. Si se va la persona de la que dependes: ¿qué haces?, ¿cómo actúas?, ¿con quién comes? Yo en esa época no dependía de nadie en concreto. Lo cual quiere decir que tenía una infinidad de personas de las que poder depender. Lo cual te da una mayor posibilidad de tener a alguien cerca del que depender en un determinado momento. Lo cual, a la vista está, es mentira.

Otra cosa que también es mentira es que nadie más se quedara a comer esos días en la cafetería. Claro que había alumnos de mi curso que tenían clase mañana y tarde, que se habían visto, como yo, en la obligación de repetir alguna asignatura; pero ninguno quería comer conmigo. No eran precisamente los compañeros con los que yo me llevara bien, si es que dicha especie tenía el dolor de existir, y para sentarme sola en la mesa de al lado, soportando sus miradas de reojo, sintiendo en mi piel el ácido corrosivo de sus cuchicheos, prefería no estar allí. De todas formas, ellos no conocían esta dependencia que me arropa como si de una manta de coralina se tratara, así que no es precisamente lo que intentaban evitar.

En mi escaso dominio de lo que viene siendo la navegación en la red, he encontrado un tercer, si no metemos a la Wikipedia en esto, diccionario. Se trata, por supuesto, del Diccionario del Español Jurídico.

El DEJ es más indulgente con nosotras, las personas acólitas, de lo que lo son el resto de diccionarios; y ¡además parece que nos tiene en muy alta estima! Su definición dicta lo siguiente:

1. Gral. Persona que sigue o acompaña.

Como veis, no sólo nos encontramos en la primera acepción, sino que además utiliza verbos más amables. Seguir, acompañar, son verbos dulces, sobre todo el segundo. ¿Quién no quiere seguidores en Twitter que le alimenten el ego alabando su agudeza mental? ¿Quién no quiere estar acompañada en ese día tan especial, como puede serlo tu cumpleaños, el inicio de las vacaciones o una entrega de premios? Pero entonces, quien no supiera de mi condición de acólita y aun así no se acercara a mí, ¿era simple y llanamente porque no deseaba mi compañía? La indulgencia puede ser también un puñetazo en el estómago.

Oigo una voz por ahí al fondo que dice: «¿Por qué no les preguntabas tú si les importaba que comieras con ellos? Al fin y al cabo, ibais a la misma clase y todos erais personas adultas: ¿cómo sabías que te iban a decir que no?». Pues verás: según Raimon Gaja y muchos otros profesionales de la salud mental que utilizan la terapia cognitiva-conductual con sus pacientes, «la mayoría de nuestros problemas surgen porque nuestro estilo cognitivo está distorsionado».

Existen diez tipos de pensamientos distorsionados. Por lo general, incluso la persona más sana mentalmente hablando tiene, ha tenido o tendrá, al menos, uno en toda su vida. Voy a dar un paso más allá y me aventuraré a decir que el más común de los diez se trata, ni más ni menos que, de las conclusiones apresuradas. Dentro de estas conclusiones apresuradas, se distinguen los llamados «lectura del pensamiento» y «error del adivino». Estoy más que segura de que cualquiera deduce, por el nombre, qué quiere decir cada uno; así que me voy a ahorrar la explicación.

¿Para qué preguntarles si les importaba que comiera con ellos si de todas formas me iban a decir que no? Al fin y al cabo, ellos eran tres y yo sólo una. Que ellos me preguntaran a mí habría sido considerado un gesto de amabilidad por su parte; que yo les preguntara a ellos, pura intromisión. Un acólito puro no se entromete. Un acólito observa, escucha, espera, tiene opiniones que no exterioriza a menos que se lo pidan, sonríe y asiente, está ahí. Un acólito está ahí. Un acólito sigue, acompaña; dice a todo que sí, salvo si tiene que decir que no.

Ya he dicho que la única vez que comí en la cafetería fue la vez que me preguntaron si quería quedarme. También he dicho que en esa época no dependía de nadie. Como Abraham diciéndole a su hijo que Dios proveerá el cordero para el sacrificio, y por supuesto esto es una alusión a Mercedes Cebrián, yo también estaba medio mintiendo. No dependía de nadie, pero estaba enamorada: ¿un acólito nota la diferencia?

Algo de lo que no te advierten los diccionarios, detrás de tanta definición, es de que un acólito tiene serias posibilidades de acabar enamorándose de las personas de las que depende si observa que éstas disfrutan de su compañía y además le piden que forme parte de cosas que también son de su agrado. Porque yo no creo que la dependencia esté reñida con tener criterio o personalidad y, estaréis de acuerdo conmigo, no es lo mismo que te pidan esconder un cadáver que ir a tomar un helado en la cafetería de la esquina. El roce hace el cariño y, cuando el roce se trata de una actividad agradable, fácilmente realizable y cero o muy poco peligrosa, es más sencillo dejarse llevar y permitir que los sentimientos florezcan de manera relajada sobre tu piel.

Cuando él me preguntó si me quedaba a comer, después de salir del examen y sin ninguna necesidad de quedarme porque por la tarde no había clase, esperaba que mi respuesta fuera afirmativa. Quiero decir que él quería que yo comiera con él; él quería pasar tiempo conmigo. Obviamente, le dije que sí. Y no, él no estaba enamorado.

De nuevo la misma premisa: una persona que no conocía esta tendencia mía a depender de los que me rodean; pero dando como resultado algo totalmente distinto: el querer estar conmigo, al menos, por unas horas.

Pero en serio: ¿un acólito nota la diferencia?

Sé perfectamente cuándo detesto a una persona. Lo sé, sobre todo, porque me ha pasado más veces de las que estoy dispuesta a confesar. Porque, sí, un acólito sigue y acompaña, me repito más que las persianas, dulcemente; pero a veces es amargo el sabor. A veces no te gusta. La lengua se estremece y se niega rotundamente a volver a lamer la superficie. Probar bocado se convierte en deporte de riesgo para la garganta. Traga y regurgita, qué asco, vuelve a tragar; o lo intenta, más bien, pues no puede.

Pero el amor es difícil distinguirlo, no sólo para las personas acólitas. Saber diferenciar cuándo amas de verdad a alguien, cuándo deseas a una persona, pasar el resto de tu vida con ella, despertarte cuando suene su despertador aunque tú no necesites madrugar, mezclar tu ropa con la suya en la lavadora, atreverte a comer lo que cocine a la hora de la cena, oírla respirar al otro lado de la puerta del cuarto de baño, de cuándo simplemente te has hartado de estar sola.

Yo he estado sola mucho tiempo, a pesar incluso de mi condición, porque ser acólita no es lo mismo que estar ahí. Escuchar las voces de los otros ir y venir a tu alrededor, las risas, los suspiros, los chasquidos de lengua. Estar en el centro. Estar en el centro y no ser capaz de coger nada al vuelo. Literalmente. Estar en el centro y que las palabras te rodeen, esquivándote, rozando tu cabello, sin llegar a alcanzarte realmente porque no perteneces a la conversación. Estás ahí, las ondas de sonido te atraviesan, ves sus rostros, hueles sus perfumes, tocas la misma mesa que ellos tocan, los mismos cubiertos, saboreas la comida, la cerveza; pero nada tiene, en realidad, que ver contigo.

Por eso me sentí tan bien, pero tan bien, cuando él me preguntó si me quedaba a comer. Cuando él se dirigió a mí directamente, sin mirar a su alrededor, sin esperar que nadie más respondiera. También la primera vez, antes de entrar en esa clase de lingüística. O cuando me cogió de la mano con fuerza, entrelazando nuestros dedos, y la descansó sobre su rodilla. Cuando probó, tanteó más bien, qué ocurriría si en vez de su rodilla fuera mi muslo el lecho en el que posarla. Cuando en vez de su mano fue su nuca. Qué pensar entonces, cuando yo lo observaba desde lo alto y él no apartaba la mirada de la pequeña pantalla: un hecho cotidiano, confortable. Qué pensar cuando me besó en la mejilla, cuando me besó en los labios.

No quiero decir que fuera el primero ni el último, porque no lo fue, pero en ese momento fue importante. Estar ahí. De verdad. Formar parte de la obra, ser protagonista de la historia, palpar con las yemas de tus dedos tu nombre en el guion de la película. No ser acólita.

Por eso estoy aquí.

 

jueves, 28 de diciembre de 2023

2023

 ♥ENERO♥

  • La canción del verano y Un sol nuevo, dos brevísimas antologías de La Bella Varsovia leídas durante las primeras horas del año
  • Entra en mi vida, de Clara Sánchez - LibreandoClub del mes de octubre
  • Inventar el hueso y Todas las veces que el mundo se acabó, dos poemarios de Olalla Castro en Pre-Textos
  • Hágase mi voluntad, de Ángelo Néstore
  • Saga: capítulo SIETE y OCHO, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples - mi regalo de Reyes por parte de hermano
  • El manifiesto de las mujeres viejas, de Mari Luz Esteban

 

♥FEBRERO♥

  • Libertad, de Jonathan Franzen, empezado en enero - LibreandoClub del mes de noviembre (el de diciembre nunca me llegó)
  • El libro de las lágrimas, de Heather Christle, leído en un día (dicho día fue domingo)
  • Casas vacías, de Brenda Navarro
  • Notar cómo el nombre se aleja de la boca, de Paula R Mederos
  • Matar la geografía de los cuerpos de piedra, de Laura Sanz Corada, leído dos veces para asimilarlo bien
  • Nuestro patio, de Toñi García-Ochoa


♥MARZO♥


  • Dama de pueblo, de Gema del Castillo
  • Releo Drácula, de Bram Stoker, para evitar durante un tiempo gastar dinero en libros

 

♥ABRIL♥

 

  • Releo Listas, guapas, limpias, de Anna Pacheco y continúo sin actualizar mi GoodReads
  • Releo, por no sé cuánta vez, la poesía completa de Alejandra Pizarnik
  • Un amor español, de Luna Miguel
  • Deseo de ser árbol, de Ángelo Néstore

 

☼JUNIO☼

 

  • El diario de Virginia Woolf, volumen V (1936-1941) - empezado en abril, seguido en mayo, terminado en junio
  • Gigoló, de Golden
  • 101 poemas, de Hafez Shirazi
  • Empiezo Primavera silenciosa, de Rachel Carson, pero lo abandono al tercer capítulo

 

☼JULIO☼

 

  • Una selección de poemas de Alí Ahmad Sa'id Esber (Adonis) que me gusta mucho - empezada el 30 de junio y terminada al día siguiente
  • Cien poemas, de Constantine Kavafy

 

☼AGOSTO☼

 

  • Un tercio de Disbauxes, libro anónimo catalán ilustrado por G. Donville - empezado en julio
  • Libro de poemas, de Federico García Lorca
  • Poemas de amor, de Alfonsina Storni - leído en media tarde
  • Un corazón lleno de estrellas, de Álex Rovira Celma y Francesc Miralles
  • Alas para un corazón, de David Almond
  • Los poemas ocultos, de Jim Morrison - versión bilingüe
  • Un corazón sin forma alguna, de Emylia Hall
  • Poemas, de Edgar Allan Poe
  • Desenterrando poemas, de Roque Dalton
  • El café de los corazones rotos, de Penelope J. Stokes
  • Empiezo algún que otro libro que termino aborreciendo

 

♥SEPTIEMBRE♥

 

  • Poesía ante la incertidumbre: antología de nuevos poetas en español
  • El club de los corazones solitarios, de Elizabeth Eulberg
  • Poemas y canciones, de Bertolt Brecht
  • Poemas sueltos, de Rosalía de Castro
  • Terror y miseria del Tercer Reich, de Bertolt Brecht
  • Otro en tu corazón, de Emma Darcy
  • El cadiceño y Las literatas, de Rosalía de Castro

 

♥OCTUBRE♥

 

  • Conversaciones con mi gata, de Eduardo Jáuregui - empezado en septiembre
  • A María el corazón, de Pedro Calderón de la Barca

 

♥NOVIEMBRE♥

 

  • El culto del gato, de Nicholas J. Saunders - empezado a finales de octubre

 

♥DICIEMBRE♥

 

  • Un mensaje para tu corazón, de Niamh Greene - empezado en noviembre
  • Biblioteca Sandman: Estación de nieblas, de Neil Gaiman (escritor) y Kelley Jones, Malcom Jones III, Mike Dringenberg, Matt Wagner, Dick Giordano, George Pratt y P. Craig Russell (dibujantes)
  • pedres i vent, de Carla Santángelo Lázaro
  • Los cuartos por la noche, de Javier Calderón

jueves, 30 de noviembre de 2023

NUBE DE ALGODÓN

Yo soy tu gatita
(La Factoría)

1, 2

Tu mirada se cruza con la mía bajo la marquesina de la parada del autobús. Lleva diez minutos de retraso y tú me hablas del viento, me cuentas del aire, me narras de la brisa. Yo me fijo en tus manos y no imagino, no sospecho, que esa misma noche se entrelazarán con las mías mientras hagamos el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre. Lleva veinte minutos de retraso y decido seguirte la corriente, pero no me quito las gafas de sol para que no me des por hecha. Elogias mis tatuajes, no me miras las tetas, me tratas como a un ser humano; con qué poco nos conformamos. Lleva treinta minutos de retraso y aún soy tan ingenua de creer que mis planes siguen intactos, que no pasaré la tarde contigo dentro de unos grandes almacenes que hasta ese día no sabía ni que existían. Ya dentro del autobús tu abrazo me consume. Ya en la última parada tu cautela me embriaga. Ya dentro de la tienda tu boca me llama. Y ese beso que nos damos en las afueras, ese beso que nos damos en el centro del vendaval, me termina conquistando.

3, 4

Te escribo para decirte que yo no cocino y tú me dices que te da igual. Te da igual y te diriges a mi piso después de salir de trabajar. Llegas a mi piso pasadas las cuatro y te pones a rebuscar entre los armarios de mi pequeña cocina office. Te observo desde una distancia reflexiva y no entiendo, no comprendo, lo que está pasando. He encontrado el amor de repente, esperando el 160, y lo he atraído hasta mi puerta. Ahora mismo se encuentra cocinando con ingredientes que ya tenía, que yo misma había comprado, algo que jamás se me había ocurrido. Te beso en la nuca y espero. Me siento en la mesa y espero. Termino de comer y espero. En la cama de matrimonio de mi pequeño apartamento tú y yo nos doblegamos al rito de la carne. La espera ha valido la pena.

5, 6

Caminamos de la mano bajo la luz de la luna. Llevo un vestido tan largo que por poco no roza el suelo. Caminamos despacio, disfrutando de la noche, del silencio de las calles, esquivando a los pocos transeúntes que, como nosotros, continúan paseando. Yo sonrío y pienso en qué envidia deben sentir, cuántos celos deben estar tratando de esconder, todas aquellas personas que no deambulan de tu brazo. Y yo sonrío. Esta vez hemos decidido no irnos al centro, para evitar volver a encontrarnos cerradas las cocinas; seguiremos recorriendo estas calles hasta toparnos con un restaurante cuyas mesas no estén todas ocupadas. Terminamos encontrando un japonés y nos sentamos una frente al otro. Confío en tu criterio pero yo elijo el postre. Bebemos cerveza y nos miramos a los ojos. Te hago reír. La vuelta a casa es silenciosa y apacible.

7, 8

Me acurruco sobre tu cuerpo como un gato, o eso dices: que parezco un gato. Yo ronroneo en tu cuello, refriego mi frente en tu clavícula, te doy un beso en el hombro. Tú me abrazas mientras dormimos o fingimos hacerlo, mi cadera encajada en tu cintura, y respiras suavemente sobre mi cuello. Acaricio tu pecho, tu espalda, tu mandíbula, con las yemas de mis dedos, afilando tiernamente mis uñas con tu cuerpo. Me ruegas que no me detenga y yo continúo depositando mi fragancia sobre tu piel, consolidando el vínculo. De tener siete vidas, las pasaría todas contigo.

9, 10

Suena el teléfono a las seis de la mañana. Ha pasado un tiempo, ya te había olvidado, pero tu voz me reclama desde el otro lado de la línea. Yo acepto tus absurdas excusas, tus frágiles disculpas, y te abro por última vez la puerta de mi casa. Hacemos el amor reiteradamente sin saber que estamos contemplando una supernova. Te abrazo por la espalda sin saber cuán inestable se ha vuelto el núcleo, qué poco falta para el colapso. Cuando te despides de mí con esa dulzura en el rostro, no parece el fin del mundo. Pero cuando cierro a tu espalda la puerta se apaga la luz.

jueves, 16 de noviembre de 2023

EL ARTE DE CONTAR UN BUEN CHISTE

Mi risa inundaba tus oídos en ese salón comedor de la casa en la que vivías. Se hacía más y más fuerte por cada chiste que me contabas. Se hacía más fluida, más tranquila, más valiente mientras nos abrazábamos totalmente desnudos en ese sofá en el que nos habíamos hecho el amor sin pensar siquiera en si debíamos o no correr las cortinas. Mi risa era lo más íntimo que tenía y tú me la sacabas sin ninguna dificultad. Me acariciabas suavemente la espalda con las yemas de los dedos y me hacías reír. Me contabas los mismos chistes que la última vez en la que nos habíamos hecho el amor en la cama de matrimonio de la habitación de tu madre y a mí me hacían la misma gracia. Me contabas nuevos chistes que habías aprendido, o que habías recordado desde la última vez que nos vimos las caras para bebernos juntos una botella de vino, y yo me reía. Me contabas una y otra vez el que sabías que era mi chiste favorito y yo me reía igual de honestamente que el primer día. Yo te quería y tú me hacías reír. Yo te quería y tú disfrutabas de sacarme una sonrisa. Yo te quería y tú te alegrabas de que por una vez dejara de estar tan triste, tan harta, tan cansada. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera lo más preciado de este mundo, la mujer más guapa, la mujer más lista. Yo te quería y tú me tratabas como si fuera la mujer más importante, la persona más fuerte que jamás habías conocido. Como si de verdad fuese tan valiente. Yo te quería y tú me convencías de que merecía más que nadie ser feliz. Yo me abría ante ti como la flor del cerezo en primavera, sin que nadie más me viera, y compartía contigo mis secretos. Confiaba en ti como para que me recogieras del suelo si caía o para que me pusieras el pelo por detrás de las orejas si tenía la necesidad de vomitar después de apenas haber compartido contigo esa botella de vino. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no sentía la necesidad de cubrirme la cara con las palmas de las manos. Cuando lloraba tú me abrazabas y yo no pasaba vergüenza. Los silencios no eran incómodos y nunca había obligación de rellenarlos. Yo leía un libro y tú trabajabas en el ordenador. Yo memorizaba con la punta de mis dedos ese rostro tan perfecto que tenías y tú mirabas tu teléfono móvil, leyendo algún hilo de Twitter o hablando por WhatsApp con tus amigos de la universidad. A veces rompías el silencio poniéndome en YouTube tus canciones favoritas. Me hablabas sobre la música y, aunque aficionado, a mis oídos eras todo un experto. Entonces te ponías a cantar mientras yo repasaba el puente de tu nariz y aunque no teníamos los mismos gustos musicales no me cansaba de escuchar esa preciosa voz que tenías. Y nunca quería que se terminara esa canción. Y nunca quería que dejaras de cantarme. Cuando nos íbamos a dormir después de habernos hecho el amor, de nuevo sobre la cama de matrimonio de la habitación de tu madre, yo rozaba el escaso vello de tu pecho, que te dejabas crecer sólo porque sabías que me gustaba, para calmar mi ansiedad. Y tú me abrazabas. Y nuestras piernas se entrecruzaban como una enredadera y nuestra piel estaba siempre en contacto por mucho calor que hiciera. Y si por casualidad nos dábamos la espalda durante la noche y no nos dábamos cuenta como para volver a girarnos, nuestras manos no se soltaban, seguían cogidas para no sentir el abandono. Aunque sólo fuera por el dedo meñique. Para no sentirnos solos.

Y aun así dices que no te enamoraste de mí.

martes, 31 de octubre de 2023

EL TRAUMA DE MI VIDA - capítulo eliminado de una novela inédita

El trauma de mi vida me lo causó, sin la menor duda, una película que vi cuando seguía en parvulario o acababa de empezar la educación primaria, hace mínimo veinte años. No recuerdo el título y si por casualidad hay alguien en esta sala que lo sepa, agradecería enormemente que levantara la mano (en seguida entenderéis por qué me río al decir esto).
 
La vi en el salón-comedor de mi casa, junto con mis padres, mi hermano y mi tía, que fue la que imagino que trajo la cinta de vídeo. Siempre he supuesto que era una película de terror porque a mí me daba miedo; pero ellos se reían (los adultos se reían, mi hermano no lo recuerdo) así que quizá no fuera exactamente de terror, sino más bien tipo Scary Movie (no era Scary Movie). El caso es que a mí me daba mucho miedo y de vez en cuando cerraba los ojos para no mirar la pantalla. Pero mi madre, en cuyo hombro me apoyaba buscando desesperadamente un refugio, me controlaba de reojo desde lo alto y a mí me daba la sensación de que hacía mal en tener miedo de esa película con la que ellos se reían; así que no tenía más remedio que estar atenta a la televisión y rezar a un Dios en el que aún no creía para que terminara pronto el largometraje.
 
La marca llegó con la escena en la que uno de los protagonistas se corta (o le cortan) una mano y después dicha mano anda sola. Pero no sólo anda sola sino que también ataca, ¡creo que incluso al propio dueño! Así que durante semanas estuve alerta, temblando, por si veía esa mano corretear a mi alrededor. Dormía con la cabeza metida debajo de las sábanas, no sin antes echar un vistazo detrás de la puerta y debajo de la cama; miraba bien dentro del váter antes de mear (esto también lo estuve haciendo durante años por si aparecía una araña o una abeja y me picaba en las partes íntimas); estaba totalmente emparanoiada. Hasta en el colegio. Recuerdo estar andando por el pasillo y mirar a ambos lados y hacia atrás con los ojos bien abiertos y el corazón a mil por hora pensando que esa mano me perseguía para matarme. Recuerdo incluso aligerar el paso no fuera a ser que de verdad me estuviera acechando.
 
¿Me comporté de manera exagerada? (claramente no iba a atacarme ningún miembro amputado). Pero no creo que nadie salvo yo, que soy la que lo ha vivido, tenga derecho a criticarme.
 
Al contrario de lo que puedan dar a entender los diccionarios, la mayoría de las veces, no exagera la persona que actúa sino la que la juzga. ¿Por qué? Pues por lo que ya he dicho: porque la persona que juzga no tiene en cuenta los aspectos ambientales, los que rodean a la otra persona, cómo se ha educado, por qué hace lo que hace, por qué le afecta de la manera en la que le afecta. La que juzga lo hace desde su posición, desde su punto de vista, desde su privilegio; y no ve que ella misma, si estuviera sentada en esa otra silla, se comportaría igual.
 
Con el paso de los años, la mano dejó de acosarme y empezó a hacerlo el cuerpo entero. El cuerpo de mi abuela paterna, cuando la vecina de abajo me recordaba lo mucho que me parecía a ella de joven. El cuerpo de mi madre, al otro lado del espejo, cuando mi vientre y mis caderas se curvaban. El cuerpo del chico que durante unos años se obsesionó conmigo y me perseguía de vez en cuando (otro trauma) cuando me veía de casualidad en la piscina, en alguna fiesta nocturna, paseando por la calle. El mío.
 
Aceptar mi cuerpo es algo que me ha costado muchos años, que no soy la única aquí. Muchos reflejos insultados, muchas medidas tomadas, muchas fotografías eliminadas, muchos almuerzos hechos con amor tirados a la basura. Pero no ha sido tan doloroso, no me ha costado tanto esfuerzo, como aceptar mi cerebro: mi forma de ser, de ver las cosas, de sentir, mi forma de tratar a los demás, ¡de tratarme a mí misma! Mi forma de no ser.

viernes, 13 de octubre de 2023

ME MUDÉ Y DE VERDAD PENSABA QUE VENDRÍAS A VERME

Era miércoles veintisiete de enero y aún no sabía, no era consciente, de que de verdad no íbamos a volver a vernos. Yo escribía en mi diario con la esperanza de que algún día me contradijera y dijera mira, tengo visita dijera mira, ya no estoy sola dijera mira, hemos hecho el amor en mi cama de uno treinta y cinco y ya no soy la única pringada que no folla en este piso.
 
Yo tenía veintiséis años y como dicta la media europea acababa de independizarme. En parte porque no soportaba seguir viviendo con mis padres, en parte porque necesitaba más espacio para mis libros. Excusa que luego utilicé para volver a mudarme dos años y medio más tarde, después de seguir comprando libros y no tener dónde amontonarlos a pesar de no quedármelos todos.
 
Yo tenía veintiséis años y acababa de quedarme sin trabajo. No obstante había calculado que podía vivir un año entero sin trabajar gracias a mis ahorros. Al final no pude probárselo a nadie porque me llamaron una o dos semanas más tarde para ofrecerme un contrato que por supuesto acepté sin pensarlo un segundo.
 
La puerta de la entrada se abría y cerraba a todas horas porque mis compañeras de piso –que no de estudio– tenían visitas. Yo esperaba que fueras tú quien viniera antes que nadie y vieras cómo había dejado el piso dónde había colocado el pez espada el pequeño altar que le había levantado a tu nariz. Esperaba que vinieras y te quedaras quizá un fin de semana, como las visitas de mis vecinas a quienes escuchaba follar tras las paredes y que por una vez fueran ellas las que me escucharan a mí. Así que te pedí que vinieras y me dijiste que no era un buen momento. Y yo dejé pasar los días esperando el momento propicio, esperando que de verdad vinieras a verme, esperando que de verdad cumplieras algunas de tus promesas.
 
Primero fue el toque de queda luego las oposiciones después la remota posibilidad de haber suspendido el mir. Después ya no pude aguantar más y creo que te envié un audio de whatsapp –qué quieres que te diga, estaba borracha–.
 
Supongo que fue ahí cuando lo nuestro terminó.

viernes, 29 de septiembre de 2023

LA ODISEA DE IRSE A LA CAMA BAJO LOS EFECTOS DEL ZOLPIDEM

Poema basado en una grabación de voz de un minuto y cuarenta y cinco segundos que hice bajo los efectos de una pastilla para dormir un viernes veinticinco de junio a las 01:00:13 horas
 
            lo primero es el cuerpo
el cuerpo se siente muy, muy pesado
            estás cansada y quieres irte
a la cama
            así que caminas
pero en seguida te das cuenta
            de que no caminas recto
caminas torcida, caminas lento
            dejas caer mucho peso
en cada una de tus zancadas tus pies
            soportan cada uno la carga
de mil fantasmas
            todas esas personas
                                                que te rodean 
                        por la noche
 
pero después de marcar bien la huella
            sobre el suelo
vuelve por un instante la sensación
            de ligereza
al doblar una rodilla hacia el cielo
            para dar otro paso
hasta la cama te sientes obligada
            a sujetarte
a la primera superficie sólida
            que encuentras
entre la oscuridad de tus 36 m2
            de apartamento
como si tu cuerpo de repente
            fuera un ave
 
no sabes muy bien por dónde vas pero lo intuyes
 
            tiemblas de frío
porque estás desnuda
            tiemblas de miedo
porque estás sola
            tiemblas de cansancio y de ansiedad
porque tienes muchas ganas de llegar
            hasta tu cama y de camino
chocas contra la mesa
            del comedor
chocas contra el sofá
            de la sala de estar
chocas contra el pollo
            de la cocina
pero al final del todo llegas tranquila
            a la cama y te dejas caer
te dejas caer de espaldas
            sobre la cama 
ojos cerrados sonrisa abierta brazos
            en cruz
por fin