Mi cuerpo está en continuo
movimiento. Aunque permanezca quieto en un mismo lugar. El simple hecho de
dejar volar la imaginación a, por ejemplo, los cinco minutos que tardaré en
salir a la calle y coger el autobús ya origina un terremoto cuyo hipocentro se
encuentra en mi vientre. El epicentro siempre es mi cabeza, y está en una zona
tan frecuentada de seísmos que nunca llega a recuperarse del todo antes de una
nueva sacudida en la corteza terrestre. A veces se producen maremotos. Siempre
muere alguien, aunque solo sea un poco y por dentro. Nunca aprende el cuerpo a controlarlo.
La mente siempre termina haciendo daño a conciencia.
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