Podría volver a enamorarme de un músico.
Ser canción en su boca,
ser acorde en sus manos,
bailar sobre su cama.
O volver a enamorarme de un profesor de instituto.
Soñar sobre el pupitre,
mezclar apuntes y poemas,
necesitar clases particulares.
Podría volver a enamorarme de un extranjero.
Hacer de guía turística,
aprender otro idioma que no se enseña en el colegio,
mezclar lenguas y salivas.
E incluso volver a enamorarme de una escritora.
Subrayar todos sus libros,
leer mil veces cada una de sus cartas,
dejarme hacer poesía con las yemas de sus dedos.
Pero no:
para dejar clara esta tendencia que tengo a montarme tantas
películas,
he tenido que volver a enamorarme
de un cineasta.
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