martes, 9 de julio de 2019

[No puedo parar de leer desde que empecé a saltarme clases en la universidad]

No puedo parar de leer desde que empecé a saltarme clases en la universidad para esconderme en la biblioteca. Tengo veinticinco años y llevo escritos tantos diarios como Virginia Woolf en veintiséis. No sabía qué más hacer para no morirme del asco y llovía, así que me cobijé entre las estanterías.

Desde que empecé a trabajar, he procurado no hacerme ningún corte en los brazos porque no sabría cómo explicarlo. En otras partes del cuerpo es más sencillo. Cada vez que veo una foto tuya me pongo a llorar de lo guapo que eres. Un día intenté robar un libro sobre el esperanto, pero sonó la alarma. Un día me dio por querer aprender esperanto.

También me escondía en el cuarto de baño para llorar o masturbarme. Leer me pone cachonda. La lectura erótica me pone enferma. La enfermedad es una mano que te coge y no te suelta o un agujero negro que te cubre de la vida.

No canto. No bailo. No salgo. No quiero esperar más tiempo para publicar mi novela. Ojalá supiera qué hice mal aquel día. Ojalá decirte que te quiero sirviera de algo.

viernes, 21 de junio de 2019

[Los domingos por la mañana llego tarde a trabajar]

Los domingos por la mañana llego tarde a trabajar. No pasa nada: hoy es viernes. He ido a la Fnac en busca de un libro en concreto cuya autora, título y portada no conocía, pero sabía que lo estaba buscando. Virginia Woolf pasaba tumbada su primer día de menstruación y a mí me sabe mal no tenerme en pie. Me he dado cuenta de que está feo prometer a sabiendas de que no vas a cumplir, pero tampoco es obligado respetar todo lo que dices. A veces una simplemente cambia de opinión. Ya no quiero llorar. Ya no quiero estar sola. Ya no quiero hacer de mi piel la sede de la agricultura. El problema es que los domingos por la mañana tengo que ir a Plaza España a coger el 64 porque el 99 tarda más en venir. Pero no pasa nada: hoy es viernes. He decidido no recrearme en el pasado tantas veces que decidir no recrearme en el pasado es ya recrearme en el pasado. Pero vuelvo como el sol por las mañanas. Seguís confundiendo el condicional simple con el pretérito imperfecto del subjuntivo y yo acabo de recordar qué libro estaba buscando. Cuando no sé qué decir te beso. Cuando no sé qué decir cito a Alejandra Pizarnik. Este año me estoy portando bien y apenas me hago daño. Pero cómo vas a estar orgulloso de mí si no me has visto lamerme mi propia sangre de los dedos. Los domingos por la mañana llego a trabajar pasadas las ocho habiéndome levantado a las seis. Pero de verdad que no pasa nada: que hoy es viernes.

domingo, 16 de junio de 2019

Carta de desamor


Esto va a sonar a tópico, pero sé que no puedo hacerte feliz
Tampoco es tan raro: ni siquiera puedo hacerme feliz a mí
Llevo nueve días llorando por estos nueve años perdida
Perdidamente enamorada de ti
Claro
No sé en qué estaba pensando
Creí que si besaba a otros dejaría de pensar en ti,
pero no fue así
Quiero decir
Dejé de pensar en ti durante un tiempo,
pero volviste de manera inevitable
Como vuelven los recuerdos de la infancia
cuando escuchas esa canción
Ya sabes
Estoy tratando de olvidarte como si quisiera obligarme a dejar de fumar
Dejé de fumar porque me hacía daño: quizá debería volver a aplicarme el cuento
Me haces daño
Quizá debería dejar de pensar en ti

jueves, 13 de junio de 2019

A veces pienso que puedo llegar a ser feliz

Que estoy a tiempo de volver a tener amigos.
De hablar como si mi voz no estuviera atascada.
 
Que puedo volver a tender mi mano
sin miedo a que me hagan daño.
 
Que puedo ser capaz de no llorar.
 
Afortunadamente el tiempo pone cada cosa en su lugar y
me recuerda lo que soy.
 
Me recuerda está tristeza que me invade.
Este dolor de cabeza y está sensación de aislamiento.
 
Que yo no tengo zona de confort.
 
Me recuerda que no sé mantener una conversación,
que no he aprendido a levantarme
 
—cómo voy a levantar a los demás—.
 
Que soy un jardín sin flores
con demasiada presión en los aspersores.
 
Me recuerda que no lo merezco.
No lo merezco no lo merezco no lo merezco.
 
Sigo viva porque me da miedo la muerte.
No os penséis otra cosa.

martes, 4 de junio de 2019

Turno de noche


Hoy me han dicho en el trabajo
no tengas miedo de pedirme
que te lleve a casa
pero lo que me da miedo
es pedirte que no me lleves

jueves, 30 de mayo de 2019

Y así pasan los días

No salgo de casa
Permanezco aquí sentada
de cara al ordenador
jugando a The Secret
of Monkey Island
en un emulador
que por desgracia
no es tan bueno
como para hacerme creer
que tengo una vida mejor

Leo en el teléfono móvil
No despego los ojos
de la pantalla
Leo esperando el autobús
y mientras éste llega
a mi parada
Leo para hacer tiempo
Leo antes de dormir
Meo mientras paso
las páginas del PDF

Voy a trabajar cuando me toca
Apenas pido cambios
por el grupo
No me gusta hablar por WhatsApp
Me sudan las manos
cuando tengo que hacerlo
Taquicardia si me envían un mensaje
Prefiero seguir mi horario
y usar mis días libres
para llorar

Lloro de vez en cuando
todos los días
en poquitas cantidades
no vaya a ser
que se me ahoguen las plantas
Lloro de pie en el baño
Lloro tumbada en la cama
Lloro sobre tu hombro
sin que te des cuenta
Lloro sin saber que estoy llorando

jueves, 9 de mayo de 2019

Abrazo la enfermedad como quien encuentra su teléfono móvil después de haberlo perdido

La mezo entre los brazos como una madre primeriza a su recién nacido. Llamo enfermedad a estas ganas de llorar a esta desolación a este no tener ganas de comer a esta dificultad para respirar. Me duele la cabeza pero no me tomo las pastillas. Me siento mareada pero no me tumbo. Tengo frío pero no te llamo. ¿De verdad creía que alguien me haría caso? No tengo remedio. No. No pongo remedio. Me quejo de que no tengo hambre pero cuando tengo hambre no como enseguida. Así que al rato se me pasa. El estómago deja de gritarme. Creo que se me está encogiendo. A veces tengo miedo de que me pase como a las personas anoréxicas y mi cuerpo empiece a absorber los nutrientes de los músculos. A veces quiero que esto ocurra. La anorexia es una enfermedad visible. Las enfermedades visibles dan más pena. De mí nadie se compadece. Si hablo, mal. Si callo, mal. Si lloro, mal. Si río, mal. Si me quejo, de qué te quejas. Me miro al espejo e intento comprender qué ven los demás cuando me miran. Asco. No sé de dónde viene esta necesidad de hacerme daño. Asco. Si me arrancara la piel, alguien se daría cuenta. Asco. Me miro al espejo y no sé si la que está ahí soy yo o la que mi cerebro piensa que soy yo. Al menos no soy fea. Creo.