domingo, 15 de septiembre de 2019

Cómo explicarle este vacío que me invade a quien está lleno de vida

Si nadie me ayuda, mucho menos voy a ayudarme yo

Camino, o cualquier otra canción de Los Punsetes

Un día te das cuenta de que te has quedado sin voz. Así, de repente, parece que ha desaparecido. Buscas en los bolsillos de tus pantalones vaqueros en los bolsillos de tu chaqueta buscas en tu bolso.

Pero no la encuentras.

Igual se te ha caído en la cesta de la compra, piensas. O te la has dejado en la taquilla del gimnasio. Miras dentro de los cajones de tu mesita de noche rebuscas entre tu ropa interior miras dentro de las botas que te pusiste el otro día dentro de todos los libros de tu pequeña biblioteca.

Pero no la encuentras.

Ellos te miran esperando la palabra, piden a gritos el diálogo, te instan a enseñarles las manos, te empujan por el precipicio. Y tú caes

y caes             

y caes

al vacío y ni siquiera eres capaz de chillar. Porque aún no sabes dónde está tu voz. Dónde la has perdido. Quién la tiene. Por qué se la ha llevado.

Ese día te das cuenta de que tenían razón. Nada de lo que dices importa. Da igual lo que salga de tu boca. Lo que escupas después de haberlo masticado y masticado durante horas. Siempre te equivocas. ¿Para qué quieres, entonces, la voz? ¿Para qué la saliva o el aliento? Sólo los malgastas.

Ese día te das cuenta de que deberían aprovechar para llevárselo todo. No sólo tu capacidad comunicativa, sino todo lo que por falta de ahora resulta inservible y no lo vas a utilizar.

No prestas atención

porque de todas formas
no puedes explicar lo aprendido.

No te sabes ningún número

porque de todas formas
no puedes hablar por teléfono.

Has dejado de amar

porque de todas formas
no puedes decir te quiero.

Y te quedas mirando esa página en blanco que es el mundo visto desde el Teide y ya no sabes si terminar tu historia lanzándote a las nubes o esperar a que el volcán despierte de su letargo y destruya también a tus lectores.

domingo, 8 de septiembre de 2019

Estas grietas son mi forma de hacerme la valiente


Es una chica muy fuerte. Pero aun así debes protegerla

The Legend of Zelda: Breath of the Wild, Urbosa

El sol acaricia mi piel con la ternura de un cuchillo atravesando mi estómago.

—he perdido un hijo he perdido un miembro he perdido la voz—

La sangre se precipita a través de mis dedos mientras intento contener la hemorragia el llanto la desesperación de verme atrapada entre estas cuatro paredes que conforman mi miedo.

A veces sólo quiero salir corriendo de esta casa y descubro que la puerta no tiene picaporte. / A veces sólo quiero acurrucarme en un rincón y descubro que esta casa sólo tiene una pared.

Me rodea un manto de nieve y no he traído la chaqueta. Hace frío. Estoy al borde de la congelación y me planteo seriamente tirarme de cabeza. Cierro los ojos. Respiro hondo. 1, 2, 3. Pero sigo en pie.

Son las palabras que usáis lo que me duele. El dardo que lanzáis y no el veneno que contiene. La forma de mirarme y no el color de vuestros ojos. Son el empeño que ponéis y no el resultado que marca la pantalla.

Tengo miedo.

Tengo veintitrés años y aún no sé qué quiero ser de mayor. Cuando cumpla veinticinco, llevaré once años soñando con un imposible. La vida continuará su ritmo y yo seguiré paralizada. Los relojes no habrán dejado de marcar la hora y yo no habré terminado de llorar.

Tengo miedo.

La crisálida que me protegía hace ya tiempo que acabó resquebrajándose. Ahora las heridas tardan más en sanar. Mis huesos ya no son de goma. El corazón ya no palpita con la misma seguridad. Ahora va con pies de plomo. Por miedo a lo que pueda pasar.

Hace cinco años escribí un cuento que ya no entiendo. ¿Qué me ha pasado?

Cada vez falta menos para que el primer trasplante de cuerpo entero se haga realidad. Pronto guardaremos nuestros cerebros en frascos que colocarán dentro de estructuras metálicas con forma humana y viajaremos a otros planetas de otros sistemas solares.

Tú no estarás ahí para verlo.

Tú llevarás años bajo tierra. Ni siquiera habrá un cadáver que exhumar. Tan sólo el alivio, si eres una persona con suerte, de saber que actuaste como mejor pudiste hacerlo.

O no.

Da igual lo que hagas;

el mundo seguirá avanzando.

domingo, 1 de septiembre de 2019

¿Por qué parece que tenga arañas en lugar de un corazón?

Después de tantas experiencias con la gente es evidente que la que funciona mal soy yo

Diarios, Alejandra Pizarnik

Hay cosas que no están hechas para ti. La música, los bares de moda, los hombres a los que acabas de conocer. Los hombres a los que conoces de toda la vida.

La vida en solitario es aburrida y da miedo. Ir sola a la playa sólo tiene gracia las dos primeras veces.

Ellos nunca entenderán que no puedas cruzar el umbral. La puerta está abierta y tú no entras. La puerta está abierta y tú, paralizada.

Hay una leyenda que dice que los vampiros no pueden entrar en una casa si no son invitados. Yo creo que es una tontería. Pero tú no puedes entrar en una casa si no eres invitada.

Escribes.

Escribes porque es la única manera que tienes de no ahogarte. Esta página en blanco es tu bote salvavidas. Este bolígrafo azul es el remo.

Escribes.

Escribes porque no conoces otra forma de matar el tiempo y conservar intacto su cadáver.

Escribes.

O lo intentas. Pues nada de lo que Virginia Woolf dijo que hacía falta posees.

«Tengo que curarme esta parálisis tan destructiva»

escribió Sylvia Plath en su diario
pero olvidó decirte cómo.

Así que tú repites esa frase en tu diario

—con tus propias palabras—

para que las generaciones venideras la lean

y te odien
por no decirles cómo.

Tal vez lo único que necesitas es respirar aire fresco. Enfundarte en un vestido de flores que te costó diez euros en H&M y salir a que te golpee el viento, que te levante la falda y se te vean las bragas grises de Wonder Woman, que parezca que estás segura de lo que haces.

Tal vez lo único que necesitas en notar el sol en la cara, sentir el calor en tu piel, tostarte como el pan en el que untas la mermelada. Sentirte viva.

(Nadie dijo que fueras un vampiro).

Y cuando por fin logras poner en marcha el mecanismo de tu cuerpo, los engranajes que permiten a tus piernas caminar, te das cuenta de que no vale la pena.

Porque de todas formas seguirás siendo esa criatura asustada que desea salir corriendo de allí.

Porque en realidad nadie nota la diferencia entre cuando estás y cuando no.

Porque hay cosas que no están hechas para ti.