martes, 8 de diciembre de 2020

L - VIII (LVA)

Tras despertarme de mi trance gracias a lo que pareció el sonido de un cuchicheo en el piso inferior, bajé en busca de la mujer para preguntarle por la habitación en la que me hospedaría.

—¿Quién era? —La encontré cerrando la puerta; acababa de despachar a alguien.

—¡Oh!, nada. Una vecina. La verdad es que no suelen venir mucho por aquí —de nuevo esa risa estridente suya a la que acabaría acostumbrándome—. Ha venido con el pretexto de avisarme de que hay una forastera que se ha acercado por aquí. ¡Es evidente que llega un poco tarde!

Empezamos a reír las dos muy a gusto y terminamos coincidiendo en que lo que de verdad quería era curiosear a ver si yo seguía en la casa y si iba a quedarme mucho tiempo. Ninguno de los aldeanos tardó en averiguar que la respuesta era sí.

Sí. Sí. Cuánto tiempo sin afirmar tan rotundamente algo. En los primeros días en mi nuevo hogar, adaptándome a tener que bajar y subir la colina para ir y venir de la villa casi diariamente, puesto que todas las tiendas y demás sitios de interés estaban allí congregados, pensé mucho en mi vieja casa chamuscada.

Tenía siempre presente a Lucio, cada vez que me observaba en el espejo, y aún me preguntaba cómo había ocurrido la metamorfosis. Si había experimentado un cambio gradual o si yo lo había empujado, de un día para otro, a renacer.

Todo iba bien entre nosotros. Los días resplandecían más cuando caminábamos cogidos de la mano. Los pájaros cantaban a nuestro paso. Los girasoles nos confundían con el astro rey. Estábamos enamorados. Hasta que un día se volvió ambicioso.

Empezó a buscar en mí algo que yo no tenía, o creía no tener. Se tornó un pirata esclavizando la tripulación de su navío, profanando mis tierras con su pala, como si mi cuerpo fuera una remota isla del Pacífico, y fraccionando nuestra intimidad con ayuda de la botella de ron.

Tenía catorce años en aquella época, un año más desde que comenzó nuestra historia, un año menos que cuando terminó, y me preguntaba dónde habían quedado los abrazos. Dónde habían ido los besos con los que antes me pedía que me quedara. ¿Acaso se habían caído por la borda todas sus muestras de afecto? ¿Es que ya no me quería?

Su boca me succionaba ahora como si de un agujero negro se tratase. Es de sentido común asegurar que cuando atraviesas un agujero negro te mueres. Su lengua de serpiente inyectaba el veneno en la mía inocente. Su mirada se volvió oscura. Sus dedos eran gusanos y mi sexo, el cadáver que debían devorar.

Yo deseaba seguir siendo una isla deshabitada, una isla tranquila en medio del Pacífico, pero le dejé cavar. Le dejé cavar hasta encontrar el tesoro que buscaba. Y dejé que se lo llevara. Pero, como he dicho, se había vuelto ambicioso.

Le entregué mi virginidad y le supo a poco. Así que cada noche vino a por más. Y aunque nuestros cuerpos cada vez se fundían más el uno con el otro, nuestras mentes cada vez estaban más distanciadas. Ya no había la dulzura que había habido antes, ya no brillaba el sol porque ya no paseábamos de la mano. Ya no hacíamos el amor, sólo profanábamos mi cama. Se había levantado un muro entre nosotros que sólo se deshacía cuando su sexo penetraba el mío. Y yo me dejaba hacer. Pensando que quizá, tal vez, el amor infantil de las risas al unísono y las miradas cómplices ya había caducado para mí.

Le hablé a mi anfitriona del incendio. El terrible infierno que asoló media aldea. Y de cómo escapé. De cómo el fuego se fue extendiendo por las casas de madera, en una villa parecida a la que ahora habitaba, pero por suerte no tan apelotonada.

Conseguí salir corriendo de mi casa, bajando torpemente las escaleras y sin poder pararme a coger nada. El humo lo invadía todo, apenas podía respirar, cundía el pánico por doquier. Los niños lloraban, les habían levantado injustamente de sus camas, ahora no podrían volver a conciliar el sueño.

viernes, 4 de diciembre de 2020

L - VII (LVA)

—La dejaré instalarse.

Si no hubiera sido porque no casaba con la actitud que había demostrado hasta ahora, habría pensado que mi solitaria anfitriona se burlaba de mí. No llevaba conmigo ninguna maleta, ninguna bolsa de tela en la que guardara algo de ropa interior y una chaqueta. Ningún neceser, ningún monedero para comprarme las cosas por el camino. Ni un triste cepillo de dientes. Había salido corriendo de mi antiguo hogar, huyendo del incendio y de los bomberos, sin tiempo para coger ni mi bolso. Lo único que tenía que instalar en el dormitorio eran mis ganas de dormir en una cama, y eso ya lo había instalado nada más posar un pie en la aldea.

Ocurrió algo. Algo extraño de explicar. La mujer salió de la que de ahora en adelante sería mi cuarto privado y yo escuché un ruido que parecía surgir de dentro del armario. Una melodía que me atraía, como una sirena. Una llamada de auxilio.

En realidad no se escuchó nada, claro, pero algo me hizo abrir las puertas de madera. Y cuál fue mi sorpresa al verlo lleno de hermosos vestidos. Tal vez de cuando mi anfitriona era joven, tal vez de otra bella muchacha. Azul cobalto, verde lima, rosa palo. Colores que jamás olvidaré. Esa misma noche, a la hora de la cena, averiguaría que los vestidos pertenecieron a su hija, pero de momento los acariciaba imaginándome a una joven y antigua anfitriona luciéndolos en las fiestas del pueblo.

Pero los vestidos que heredaría también esa misma noche tras el «Puede quedárselos si le vienen» de la dueña de la casa no son lo único que encontré. Tras ellos se escondía un tesoro aún mayor. Tras ellos me encontraba yo, de pie, con expresión de asombro, la boca abierta de par en par, como las puertas del armario, y los ojos como platos. Tras las suaves telas coloridas se encontraba un espejo.

Pesaba demasiado para levantarlo a la primera, así que lo deslicé poco a poco hacia mí. Restalló un poco al rozar con la madera, pero ambos materiales eran muy resistentes como para haberse estropeado. Conseguí alzarlo despacio a unos exiguos milímetros de la base del armario. Lo saqué con mucho esfuerzo y lo apoyé, dando un fuerte estrépito y de forma provisional, en la pared; hasta que no encontrara el sitio idóneo, lo dejaría a la derecha de la ventana.

—Ya está, ¡cuánto tiempo sin verme!  —Estaba realmente satisfecha de mi proeza.

Entonces me di cuenta de mi aspecto. Pasé las mangas de mi vestido sobre el empolvado cristal y vi mi cabello alborotado, mi ropa sucia y desgarrada, mi aspecto de haber estado tres días vagabundeando por las montañas. Aquella superficie reflectante me hizo ver que si yo me hubiera visto llegar al pueblo con este aspecto seguramente también me habría cerrado la puerta en las narices. No me habría parado a pensar que tal vez, sólo tal vez, había estado huyendo del gran incendio que arrasó su casa con su amante dentro.

Me puse a pensar en él. En Lucio. Recordé la primera vez que me sumergí en el placer de su carne. La primera vez que caí en la tentación.

Nunca antes había estado en su casa. Entre esos brazos que me rodeaban y esa húmeda boca que me succionaba las pocas dudas que había podido tener a lo largo del camino hasta llegar a tocar el timbre. Estaba en DEFCON 4: un poco nerviosa, pero nada grave. Él alivió la tensión del momento señalándonos en el espejo que teníamos en frente. Un espejo casi tan alto como las paredes. Un espejo casi tan grande como mis ganas de estar con él. Nos piropeó. Acarició mi espalda y nos piropeó. Yo no sabía si de verdad creía lo que estaba diciendo, que era preciosa, pero a su lado me sentí así.

Mi actitud de dejarme hacer me trasformó en una delicada margarita: él se encargó de quitarme uno a uno todos los pétalos. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Yo sabía que en su interior rezaba por que hubiera traído un número impar de prendas de vestir

Me encontré desnuda frente a él, pero no tenía miedo. Me sentía cómoda a su lado. Me sentía fuerte. No era la primera vez que lo intentábamos. Lo nuestro ya había empezado a hornearse tiempo atrás, pero habíamos sacado la tarta demasiado pronto del horno. Ahora teníamos otra segunda oportunidad, sólo necesitábamos no precipitarnos con el postre.

Se despojó entonces él de todas sus hojas. Llegó el otoño en su dormitorio. Pero la estación que vino después no fue el invierno sino la primavera. Una primavera letal para todos los alérgicos al polen.

Después de aquello empezamos a salir.

—De acuerdo. Que pase una buena tarde.

lunes, 30 de noviembre de 2020

L - VI (LVA)

Nos tomamos la infusión en silencio. Probé algunas de las pastas que había traído mi encantadora anfitriona y descansé en el canapé. La anciana se había sentado en el sillón que yo había imaginado que era su sitio habitual. El ambiente era de lo más agradable.

Contemplé la ventana que había en la pared de enfrente de la puerta. Una ventana cerrada desde la que se apreciaba la infinitud del bosque de altos pinos, cubiertos ahora de nieve por culpa del invierno. Me pregunté cómo había sido capaz de caminar durante tres días casi sin descanso, por miedo a que hubiera algún depredador al que le atrajera mi olor, por esas montañas. Ya no importaba mucho: lo había conseguido.

—Venga, le enseñaré el piso de arriba.

Acabamos de almorzar (no llevaba reloj encima, pero habría apostado cualquier cosa a que era casi mediodía) y dejamos las cosas sobre la mesita. La mujer tendió su mano hacia mí y yo se la cogí. El tacto rugoso me recordó al de las paredes. Hasta donde yo sabía, no había nada colgado en ninguna habitación. ¿Seguiría la misma norma el piso de arriba?

Me levanté y fui tras ella a las escaleras que había en el fondo de la habitación. Subimos poco a poco los raídos peldaños; con miedo, al menos yo, de que se rompieran. Aunque, como era de esperar, no se rompió ni uno.

Salimos al piso de arriba. Un pequeño cubículo rectangular con tres puertas cerradas: dos en la pared de la derecha y una enfrente de la escalera. Todo estaba muy oscuro, no había ninguna ventana. La poca luz que se apreciaba llegaba del hueco por el que acabábamos de subir. Por supuesto, la mujer se sabía la casa como la palma de su mano y abrió sin vacilar la puerta de la que sería mi dormitorio.

Era una habitación un tanto desolada, como todo en esa casa, sin mucho abalorio y demasiado espacio libre. Una cama, un armario y una mesa de resistente madera.

—La casa se construyó más o menos sobre la marcha y sin mucha idea de cómo organizar y distribuir las habitaciones. Teníamos prisa. Los materiales son buenos, eso sí, no se agobie: no va a caerse. Pero por eso este dormitorio tiene una forma tan extraña —la habitación tenía una especie de entradita estrecha y luego se abría a la izquierda, dando la sensación de que no se había construido para ser un dormitorio—. El que yo uso es un poco más pequeño, pero como es cuadrado lo prefiero. Espero que no le moleste.

Lo primero que se veía nada más entrar era la mesa, que se apoyaba en la pared de la derecha. La cama descansaba a la izquierda y a su lado, apoyado en la pared de enfrente de la puerta y a la izquierda de la ventana, estaba el armario.

De nuevo la rugosidad en las paredes. De nuevo la desnudez. Paredes completamente blancas, la cama perfectamente hecha, la mesa vacía. ¿Alguien había usado alguna vez aquella habitación? Me acerqué pausadamente a la ventana. Me asomé a ella y por primera vez supe por qué aquella mujer cuyo nombre aún desconocía me había dejado entrar.

Las casas formaban un círculo. Todas estaban en reunión, se comunicaban entre sí. Eran una gran familia, pero una gran familia cerrada: no había espacio para nadie más. Por eso yo estaba allí, mirándoles fijamente desde la lejanía. A mí me habían rechazado. Yo, como mi anfitriona, no había sido bienvenida a participar en el ritual. Así que había tenido que irme lejos, había tenido que seguir andando hasta la colina. Y había acabado en la única casa cuya puerta principal no miraba a la plaza central.

jueves, 26 de noviembre de 2020

L - V (LVA)

La sala era bastante simple. Había un canapé anaranjado bastante cómodo y acogedor pegado a la pared de la derecha y junto a éste había un sillón del mismo color que parecía más desgastado; seguramente la dueña de la casa lo utilizaba de manera más habitual. Gobernaba en medio del alargado salón una mesa cuadrada fabricada con la madera del mismo pino con el que me había ido tropezando en mi odisea por el bosque. Pero no estaba desnuda, sobre su cuerpo había un mantel blanco de puntilla hecho mano hacía ya varios siglos. Y en la pared izquierda había unas escaleras de madera ya ajada por el uso que conducían directamente y sin giros innecesarios al piso de arriba. Las paredes seguían siendo rugosas y estaban vacías, como las del pequeño pasillo de la entrada.

Entró mi peculiar anfitriona, tan sonriente como se había marchado minutos antes, con una bandeja de plata repleta de toda clase de dulces y un poco de té.

Une tasse ?

Naturellement —arbitré que era el momento idóneo para poner en práctica todo lo que había aprendido en las clases de francés con las que me había deleitado en mi antiguo hogar.

—No esperaba menos de usted.

Nos sonreímos con complicidad y en ese momento entendí que no tenía nada que temer, podía confiar en aquella competa desconocida.

Repartió hábilmente el té en dos relucientes tazas blancas. Me entregó una y la otra se la guardó para sí. El humo ascendía como las señales de una hoguera de una antigua civilización india. Me invitó con cálidas palabras a probar el té antes de que se enfriara mientras elle-même daba un pequeño sorbo al suyo. Un sorbo breve, apenas audible, pero lo suficientemente grande como para paladear el líquido proveniente, seguramente, de algún exótico país de Asia.

domingo, 22 de noviembre de 2020

L - IV (LVA)

Me vino el olor a limpio que impregnaba la pequeña cabaña de dos pisos. Sin duda, la mujer se encontraba en plena operación de limpieza.

—¿Necesita usted ayuda? —Quise ser cortés con la que podría llegar a ser mi nueva compañera de piso.

—¡Oh, no! No se moleste —respondió sin disimular la ingente carcajada que salió de su minúscula boca—. Es mi invitada y no voy a ponerla a trabajar nada más llegar —deduje entonces que sí me había oído llamar y había permitido que entrara—. Ya veremos mañana qué hago con usted. Quizá cambie de opinión, pero hoy...

Su pícara sonrisa y la complicidad de su mirada, así como el guiño que me lanzó sin pensárselo dos veces, me trastocó aún más de lo que estaba. ¿Su invitada? Quizá, en parte, sí lo fuera; pero aquella mujer no me había llamado previamente para proporcionarme un techo bajo el que dormir. Yo, simplemente, me había acercado a su casa y me había colado sin tener la seguridad de que sería bienvenida. «Ya veremos mañana». Ni siquiera me explicaba cómo podía tratarme de manera tan familiar. Sobre todo después de ver cómo habían reaccionado sus vecinos al verme invadir su aldea.

—¿Le apetece tomar algo? —Ofreció con esa amplia sonrisa que no se borraba de su rostro a la vez que cerraba la puerta de la despensa—. Tengo té, zumo de naranja preparado par moi-même, un poco de agua... Vino tinto, tal vez...

—¡Oh! No se preocupe. Con agua está bien.

—También tengo pastas. ¡Y fruta! —Cada vez se la veía más animada—. Y por supuesto también tengo chocolate... ¡Todo el mundo adora el chocolate! Moi, par exemple, j'aime le chocolat.

—Oh, no, no hace falta tanto...

Parfait —me di cuenta entonces de aquel pequeño detalle: hablaba con un suave acento francés ya difícil de quitar y algunas palabras las pronunciaba en ese idioma, seguramente el que había utilizado toda la vida—, iré a preparar un té y traeré unos dulces. ¡Oh! Pero, por favor, entre en la sala de estar, venga. Es esta puerta de aquí —señaló la que había a la derecha del pasillo—. Póngase cómoda mientras yo lo preparo todo. ¡Debe estar usted hambrienta!

—De verdad, con sólo un poco de agua bastará... Si yo lo único que quiero es descansar en un sitio medianamente cómodo...

S'il vous plâit, seguramente lleva usted horas andando... Muchas horas... ¡Es imposible que sólo quiera agua! Desea usted descansar y eso lo entiendo, pero descansará mejor con el estómago lleno.

Era una mujer difícil de convencer, así que desistí y decidí entrar en el salón a la espera del suculento manjar con el que pretendía obsequiarme por haber irrumpido de repente en su hogar.