viernes, 7 de agosto de 2015

El sabor de la derrota

Yo conocí el sabor de la derrota mucho antes de que me atacaran por amor.
Sumergí el recuerdo en pleno julio y nadé hasta quedarme sin lágrimas en los ojos.
Quemé todas las cartas del Tarot que anunciaban nuestra historia y me obligué a leer todos los certificados de mi defunción hasta sabérmelos de memoria.
Como la ubicación de tus lunares o las teclas que tocabas cuando me confundías con el piano.

Yo te quise hasta ese día de noviembre en pleno marzo y te volví a querer ese día de marzo en pleno julio.
Hice de tus manos mi único hogar y de mis ojos un diario escrito en una lengua que solo tú —y no yo— entendías.
Me reí mil veces y lloré solo cuando cerraste la puerta sin comprobar si había o no ventanas en esa celda de cristal en la que me dejaste.
Te quise como solo saben hacerlo las putas a las que acudes solo cuando crees que lo has perdido todo.
«Callada y de hielo, hecha de silencio y de dolor».

Bebí del ron de tu boca y fuiste el único licor que me supo igual de bien tanto el primer día como el último.

Te quise
en las paredes,
en la cama,
en la cocina,
en los folios
en sucio de la salita,
en mi diario,
en tu habitación.

Te quise atrincherado y en mi contra.
Con el corazón en la mano entregándotelo a modo de bandera blanca.
Entre tu espada y mi pared.

Y después,
cuando atajaste en mí todo tu odio,
cuando excavaste en lo más profundo de mi estómago,
cuando me abriste en el canal con menos audiencia,
dejé escapar a las mariposas
y te dejé de querer.

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