Las hojas nacen y mueren al instante. Se ahorcan y, cuando la soga ya no aguanta su peso, se lanzan al vacío porque saben que en el fondo se duerme más a gusto. Y allí se quedan hasta que algo o alguien las aplasta. O hasta que el viento la sube en su lomo y se las lleva de viaje. O hasta que viene un niño de tres años y se hace su amigo para toda la vida hasta que llega la hora de volver a casa.
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