lunes, 3 de agosto de 2015

No todas las putas cobramos en metálico

Un mensaje de "socorro,
estoy aburrido"
del tío que está comiendo de la palma de tu mano
y ya te entran dudas de ello.
Un trayecto largo y un paseo de lo más absurdo,
como todo lo que sale de su boca
y la sonrisa que finges cada dieciocho segundos.
A lo mejor un helado de frutas del bosque
o un granizado de limón,
para qué nos vamos a engañar.
Y siempre una cena,
una mirada
y unas manos
que a saber qué intentan
y no consiguen.
A veces unas cuantas palabras bonitas al oído
y un par de besos en el cuello.
Otras veces ni eso.
El último trago del Martini
ya aguado
que estabas dejando para más tarde
mientras te levanta del taburete
para llevarte a la pista de baile.
Te pasas toda la noche bailando y ¿para qué?
Para terminar en su cama y seguir con la fiesta hasta quedaros dormidos.
Salir en silencio de su casa con los tacones en la mano
y con la duda
de dónde coño habrás metido tus bragas
rondando en tu cabeza.
Borrar su número de teléfono en el tranvía.
Intentar recordar su número de teléfono en el metro.
Tener hambre en el autobús.
Llegar a
decir casa
y que sea
demasiado tarde
para salvarte.

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