Un mensaje de "socorro,
estoy aburrido"
del tío que está comiendo de la
palma de tu mano
y ya te entran dudas de ello.
Un trayecto largo y un
paseo de lo más absurdo,
como todo lo que sale de su boca
y la sonrisa
que finges cada dieciocho segundos.
A lo mejor un helado de frutas del
bosque
o un granizado de limón,
para qué nos vamos a engañar.
Y siempre
una cena,
una mirada
y unas manos
que a saber qué intentan
y no
consiguen.
A veces unas cuantas palabras bonitas al oído
y un par de
besos en el cuello.
Otras veces ni eso.
El último trago del Martini
ya
aguado
que estabas dejando para más tarde
mientras te levanta del
taburete
para llevarte a la pista de baile.
Te pasas toda la noche
bailando y ¿para qué?
Para terminar en su cama y seguir con la fiesta
hasta quedaros dormidos.
Salir en silencio de su casa con los tacones en
la mano
y con la duda
de dónde coño habrás metido tus bragas
rondando
en tu cabeza.
Borrar su número de teléfono en el tranvía.
Intentar
recordar su número de teléfono en el metro.
Tener hambre en el autobús.
Llegar a
decir casa
y que sea
demasiado tarde
para salvarte.
lunes, 3 de agosto de 2015
No todas las putas cobramos en metálico
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