Lo nuestro fue amor a primera vista.
Él estaba mirando al cielo y yo admiraba lo bonitas que eran
las flores. Las flores crecían y crecían hasta el infinito y más allá
de lo que alcanzaban sus enormes ojos marrones. Fue entonces cuando
pasó, claro.
Un cruce. Un choque. Una autopista.
Entre nosotros. Pasó algo entre nosotros.
Un eclipse. El punto exacto en el que se cruza la magia de
dos varitas que se enfrentan. Un bote de salvamento justo antes de
naufragar.
Lo supimos en seguida, claro. Ambos lo vimos.
Un destello. Un nopuedodejardemirarte que te distrae de lo que estás haciendo. Un asesinato.
Bueno, vale, un homicidio involuntario.
Sin saber cómo, ya nos estábamos acercando a la escena del
crimen. Nadie llamó a la policía, pero acudió de todas formas. Acordonó
la zona y empezó a hacer preguntas. Todos nos hicimos preguntas. El
forense corrió un tupido velo sobre la única testigo antes de que
pudiéramos dispararle la pregunta que delatara a la víctima y se marchó
sin mirar atrás. La verdad es que pasó todo tan rápido...
Ambos lo intentamos durante un tiempo. Primero uno, luego
otro. En su casa, en la mía. Con sus cuentos, con mis películas.
Teníamos muchísimas cosas en común, es cierto, pero solo uno tenía la
llave.
Un par de citas más tarde, ya era enteramente suya. Porque
él es así, ¿sabes? De los que te enamoran sin darte cuenta y te cuentan
sin pensar lo que más les enamora de ti. Y bueno, yo soy como soy, ¿para
qué nos vamos a engañar?
Más tarde, el día en que me dijo que era un sueño hecho
realidad, estuve riéndome hasta que amaneció al día siguiente. Y la
verdad es que tenía razón, joder. Ella era ese sueño que todos
perseguimos sin saberlo y al que solo atrapamos de casualidad, cuando
estás distraído mirando al cielo y de repente ves una flor, por ejemplo.
Y al final fue él quien superó el insomnio.
Y al final fue a mí a quien le tocó morir para contarlo.
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