El día de mi cumpleaños siempre venía con flores. Madrugaba
más que nunca sin despertar a nadie y preparaba mi desayuno favorito.
Se ponía esa camisa azul celeste con la que estaba tan atractivo y se
anudaba esa corbata que yo tanto odiaba solo para hacerme rabiar. Nunca
tuve el valor de decirle que los mellizos no eran suyos, pero tampoco él
encontró las fuerzas suficientes para decirme que ya sabía que estaba
embarazada el día en que nos conocimos, así que siempre los traía
consigo. Los vestía como si ya fueran mayores, los peinaba como a mí me
gustaba y los amaba tanto como yo. Salían juntos de casa para coger las
margaritas del campo y robarle las rosas a la vecina gruñona que vivía
en la casa contigua y venían los tres a despertarme de este sueño tan
profundo que tengo. Me cantaban «Cumpleaños feliz» y se sentaban a los
pies de mi cama para contarme lo mucho que me querían. Y la verdad es
que yo a ellos también.
Los médicos siempre hablan del suicidio, pero nunca de la
muerte lenta y dolorosa que puede suponer un diagnóstico de un
psiquiatra de la Seguridad Social. Y no solo para el asesinado, sino
también para los que no volverán a abrazarlo el día de su cumpleaños.
No se habla de la tristeza que supone saber que tu
felicidad es artificial y viene en comprimidos de colores que terminarán
mezclándose en el negro fondo de tu estómago. No se menciona la
demencia que puede ocasionar la soledad de una habitación blanca.
Ignoran que apartar a alguien de sus seres queridos para que no les haga
daño ya es hacer daño a esos seres queridos. Olvidan que, por mucho que
avance la ciencia, un abrazo de quien amas siempre será más
reconfortante.
Yo siempre sabía que era el día de mi cumpleaños porque ese
día él venía con flores y traía consigo a los niños, tan guapos y tan
risueños, con sus trajecitos a juego. Ahora que han pasado más de veinte
años desde que comenzó el ritual de las flores, los niños ya son mayores
y viene cada uno por su cuenta; pero por consiguiente tengo más rosas y
margaritas, porque cada uno trae las suyas.
Es evidente: nunca se me han dado bien las fechas, y eso es
algo que no va a cambiar. Así que, cada vez que quiero acordarme de
cuándo fue la última vez que lo vi con vida, deambulo por el cementerio
hasta llegar a la tumba correcta. Yo también me siento a los pies de mi
cama y hablo de lo mucho que los quiero a los tres y de lo feliz que soy
al saber que él siempre ha cuidado a los mellizos como si fueran suyos.
También me acerco a oler las rosas y las margaritas que me dejan,
claro. Y aunque en mi lápida pone: «13.5.1994—25.1.2024», ambos sabemos
que nací muerta y que seguiré viva mientras alguien siga trayéndome
flores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario