martes, 13 de octubre de 2015

cumpleaños, rosas y margaritas

El día de mi cumpleaños siempre venía con flores. Madrugaba más que nunca sin despertar a nadie y preparaba mi desayuno favorito. Se ponía esa camisa azul celeste con la que estaba tan atractivo y se anudaba esa corbata que yo tanto odiaba solo para hacerme rabiar. Nunca tuve el valor de decirle que los mellizos no eran suyos, pero tampoco él encontró las fuerzas suficientes para decirme que ya sabía que estaba embarazada el día en que nos conocimos, así que siempre los traía consigo. Los vestía como si ya fueran mayores, los peinaba como a mí me gustaba y los amaba tanto como yo. Salían juntos de casa para coger las margaritas del campo y robarle las rosas a la vecina gruñona que vivía en la casa contigua y venían los tres a despertarme de este sueño tan profundo que tengo. Me cantaban «Cumpleaños feliz» y se sentaban a los pies de mi cama para contarme lo mucho que me querían. Y la verdad es que yo a ellos también.

Los médicos siempre hablan del suicidio, pero nunca de la muerte lenta y dolorosa que puede suponer un diagnóstico de un psiquiatra de la Seguridad Social. Y no solo para el asesinado, sino también para los que no volverán a abrazarlo el día de su cumpleaños.

No se habla de la tristeza que supone saber que tu felicidad es artificial y viene en comprimidos de colores que terminarán mezclándose en el negro fondo de tu estómago. No se menciona la demencia que puede ocasionar la soledad de una habitación blanca. Ignoran que apartar a alguien de sus seres queridos para que no les haga daño ya es hacer daño a esos seres queridos. Olvidan que, por mucho que avance la ciencia, un abrazo de quien amas siempre será más reconfortante.

Yo siempre sabía que era el día de mi cumpleaños porque ese día él venía con flores y traía consigo a los niños, tan guapos y tan risueños, con sus trajecitos a juego. Ahora que han pasado más de veinte años desde que comenzó el ritual de las flores, los niños ya son mayores y viene cada uno por su cuenta; pero por consiguiente tengo más rosas y margaritas, porque cada uno trae las suyas.

Es evidente: nunca se me han dado bien las fechas, y eso es algo que no va a cambiar. Así que, cada vez que quiero acordarme de cuándo fue la última vez que lo vi con vida, deambulo por el cementerio hasta llegar a la tumba correcta. Yo también me siento a los pies de mi cama y hablo de lo mucho que los quiero a los tres y de lo feliz que soy al saber que él siempre ha cuidado a los mellizos como si fueran suyos. También me acerco a oler las rosas y las margaritas que me dejan, claro. Y aunque en mi lápida pone: «13.5.1994—25.1.2024», ambos sabemos que nací muerta y que seguiré viva mientras alguien siga trayéndome flores.

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