viernes, 2 de octubre de 2015

insignificante

No puedo llevar yo sola toda esta tristeza, pero
levanto la mano y casi puedo tocar el techo.
Me miran los ciento catorce ojos de la orla del colegio y
me pregunto por qué narices no existe ninguna asignatura que te enseñe a sobrellevar la congoja;
por qué Conocimiento del Medio no te explica cómo digerir el desconsuelo;
por qué las matemáticas no te ayudan a dividir la melancolía en partes tan pequeñas que ni se aprecien a simple vista;
por qué en Educación Física no te preparan para levantar este pesar.

La cama es más estrecha ahora que te has ido y
yo intento distanciarme del vacío que has dejado.
Acercándome al precipicio mientras finjo que
el área del colchón es solo esa orilla en la que me apoyo.
Todo lo demás no existe.

El suelo está frío porque la ausencia es fría.
Mis pies no caminan porque la desdicha no parte.
Las cuatro paredes me aplastan y
mi pijama favorito me ahoga.
Todo lo que como es amargo,
todo lo que bebo es por ti.

No puedo llevar yo sola toda esta tristeza, pero
levanto las manos y puedo coger una a una todas las estrellas.
Me quemo las palmas y
se resquebrajan las yemas de los dedos con los que
suelo escribirte tonterías como esta.
Descienden los días de fiesta,
disminuyen las personas a mi alrededor,
menguan las luces de neón de las ciudades,
desaparecen las puestas de sol.
Y
aún no sé si el mundo se está haciendo más pequeño
o
es mi cuerpo el que está creciendo para poder soportar tanto dolor.

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