domingo, 4 de octubre de 2015

infancia

El recuerdo más feliz de mi infancia es un recuerdo inventado.

Es terrible que el mejor de clase sea siempre el más inteligente y aplicado y no el que posee la capacidad para tener más y mejores amigos. De haber sido así, habría lucido más gustosa la corona. O no acercarme nunca a ella.

Supongo que no es necesario enseñar las bragas para que te hagan caso, pero ayuda. Y otras cosas no tan eufemísticas también.

Si pretendiera justificar todas las estupideces que he hecho, iría a un psicólogo. Le contaría lo mucho que odio a ciertas personas, lo mal que se me da tener amigos y lo poco que he puesto en práctica mis planes de suicidio. Mi fascinación por las heridas y mi fobia al dolor. Mi terror a ser vieja y fea. Lo mucho que escribo, lo poco que leo. Le hablaría de mi insomnio y de lo mal que respiro. De llorar en los cumpleaños, de no celebrar los míos. De la bipolaridad, las obsesiones insanas, la costumbre de coquetear con los hombres mayores que aparentan menos edad de la que tienen y nunca al revés. De la poca fe que tengo en la humanidad como remedio de mi enfermedad, de las ganas que tengo de que sea Noviembre quien me cure. Y él me diría lo que él ya sabe. Lo que ya sabemos todos. Lo que no creemos poder arreglar.

Es terrible que el recuerdo más feliz de mi infancia sea un recuerdo inventado, pero también es una suerte que el recuerdo inventado de mi infancia sea un recuerdo feliz.

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