El lunes me
da otro ataque sobre la cama. Mientras tú te marchas yo noto cómo se me parte
el corazón. Literalmente. Empieza a temblar como debe de temblar la tierra
cuando hay un terremoto. No lo sé. En mi vida sólo he vivido un terremoto y fue
muy breve. No lo recuerdo. Me escondo debajo de las sábanas como se supone que
hay que protegerse debajo de la mesa. Mientras tú te sientas en el lado de la
ventana yo tapo mi rostro con las manos. No puedo respirar. No puedo
describirlo. No conozco las palabras que se usan en estos casos, sólo sé que no
respiro como respiro normalmente. El pecho sube y baja demasiado deprisa. El
aire apenas puede llegar a los pulmones. Tengo miedo y tiemblo y tengo miedo.
Mientras tú cruzas el océano yo me pongo a llorar. Me entran ganas de vomitar
pero si me levanto corro el riesgo de desmayarme. Cojo fuertemente mi cabeza y
por primera vez puedo decir que este dolor me lo estoy provocando yo. Pero de
normal no es así. De normal no son mis manos las que aplastan mi cráneo.
Intento respirar como respiro normalmente pero no recuerdo la manera. No es
verdad eso que dicen. No es verdad que sea algo automático. Mientras tú tocas
tierra yo permanezco en posición fetal. Mientras tú olvidas decirme que ya has
llegado yo llego al cuarto de baño. Mientras tú rechaces tu vida yo me pongo a
vomitar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario