jueves, 26 de noviembre de 2020

L - V (LVA)

La sala era bastante simple. Había un canapé anaranjado bastante cómodo y acogedor pegado a la pared de la derecha y junto a éste había un sillón del mismo color que parecía más desgastado; seguramente la dueña de la casa lo utilizaba de manera más habitual. Gobernaba en medio del alargado salón una mesa cuadrada fabricada con la madera del mismo pino con el que me había ido tropezando en mi odisea por el bosque. Pero no estaba desnuda, sobre su cuerpo había un mantel blanco de puntilla hecho mano hacía ya varios siglos. Y en la pared izquierda había unas escaleras de madera ya ajada por el uso que conducían directamente y sin giros innecesarios al piso de arriba. Las paredes seguían siendo rugosas y estaban vacías, como las del pequeño pasillo de la entrada.

Entró mi peculiar anfitriona, tan sonriente como se había marchado minutos antes, con una bandeja de plata repleta de toda clase de dulces y un poco de té.

—Une tasse ?

—Naturellement —arbitré que era el momento idóneo para poner en práctica todo lo que había aprendido en las clases de francés con las que me había deleitado en mi antiguo hogar.

—No esperaba menos de usted.

Nos sonreímos con complicidad y en ese momento entendí que no tenía nada que temer, podía confiar en aquella competa desconocida.

Repartió hábilmente el té en dos relucientes tazas blancas. Me entregó una y la otra se la guardó para sí. El humo ascendía como las señales de una hoguera de una antigua civilización india. Me invitó con cálidas palabras a probar el té antes de que se enfriara mientras elle-même daba un pequeño sorbo al suyo. Un sorbo breve, apenas audible, pero lo suficientemente grande como para paladear el líquido proveniente, seguramente, de algún exótico país de Asia.

domingo, 22 de noviembre de 2020

L - IV (LVA)

Me vino el olor a limpio que impregnaba la pequeña cabaña de dos pisos. Sin duda, la mujer se encontraba en plena operación de limpieza.

—¿Necesita usted ayuda? —Quise ser cortés con la que podría llegar a ser mi nueva compañera de piso.

—¡Oh, no! No se moleste —respondió sin disimular la ingente carcajada que salió de su minúscula boca—. Es mi invitada y no voy a ponerla a trabajar nada más llegar —deduje entonces que sí me había oído llamar y había permitido que entrara—. Ya veremos mañana qué hago con usted. Quizá cambie de opinión, pero hoy...

Su pícara sonrisa y la complicidad de su mirada, así como el guiño que me lanzó sin pensárselo dos veces, me trastocó aún más de lo que estaba. ¿Su invitada? Quizá, en parte, sí lo fuera; pero aquella mujer no me había llamado previamente para proporcionarme un techo bajo el que dormir. Yo, simplemente, me había acercado a su casa y me había colado sin tener la seguridad de que sería bienvenida. «Ya veremos mañana». Ni siquiera me explicaba cómo podía tratarme de manera tan familiar. Sobre todo después de ver cómo habían reaccionado sus vecinos al verme invadir su aldea.

—¿Le apetece tomar algo? —Ofreció con esa amplia sonrisa que no se borraba de su rostro a la vez que cerraba la puerta de la despensa—. Tengo té, zumo de naranja preparado par moi-même, un poco de agua... Vino tinto, tal vez...

—¡Oh! No se preocupe. Con agua está bien.

—También tengo pastas. ¡Y fruta! —Cada vez se la veía más animada—. Y por supuesto también tengo chocolate... ¡Todo el mundo adora el chocolate! Moi, par exemple, j'aime le chocolat.

—Oh, no, no hace falta tanto...

—Parfait —me di cuenta entonces de aquel pequeño detalle: hablaba con un suave acento francés ya difícil de quitar y algunas palabras las pronunciaba en ese idioma, seguramente el que había utilizado toda la vida—, iré a preparar un té y traeré unos dulces. ¡Oh! Pero, por favor, entre en la sala de estar, venga. Es esta puerta de aquí —señaló la que había a la derecha del pasillo—. Póngase cómoda mientras yo lo preparo todo. ¡Debe estar usted hambrienta!

—De verdad, con sólo un poco de agua bastará... Si yo lo único que quiero es descansar en un sitio medianamente cómodo...

—S'il vous plâit, seguramente lleva usted horas andando... Muchas horas... ¡Es imposible que sólo quiera agua! Desea usted descansar y eso lo entiendo, pero descansará mejor con el estómago lleno.

Era una mujer difícil de convencer, así que desistí y decidí entrar en el salón a la espera del suculento manjar con el que pretendía obsequiarme por haber irrumpido de repente en su hogar.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

L - III (LVA)

Crujió la madera a mis pies y palpé la rugosidad de las paredes blancas. El reducido pasadizo me condujo directamente hasta el fondo, pasando por delante de dos puertas cerradas, una a cada lado. Llegando al final del pasillo, vi que la puerta que coronaba el corredor estaba medio abierta, medio cerrada. Supuse que allí se encontraría mi anfitrión, así que la empujé y me asomé a la pequeña pieza. Una fuerte mezcla de olores me hizo retroceder, pero me contuve y volví a mirar dentro. Las paredes estaban llenas de estantes y éstos sostenían recipientes de todo tipo. De cristal, de cerámica, de madera. Seguramente albergarían en ellos diferentes especias y alimentos.

Bajé la vista inconscientemente y allí estaba: el cadáver reciente de un recipiente de cerámica yacía desmembrado en el suelo. Cualquier jurado habría tachado el crimen de homicidio imprudente. Por suerte parecía haber estado vacío a la hora de la muerte.

Con una dulce y distraída sonrisa, fui a girarme para buscar al dueño de la morada que acababa de allanar y acabé sobresaltándome de manera exagerada al toparme con éste. O, más bien, ésta. Me encontré con una anciana mujer que me miraba fijamente a los ojos. Era de estatura baja y muy delgada, tanto que incluso llegaban a marcársele los huesos de esos hombros caídos a través de la ropa. Un sencillo vestido grisáceo de lana tejido, seguramente, con sus propias manos o las de alguna antepasada cubría su frágil cuerpo. Su cabello era blanco como la nieve y estaba recogido en un complejo moño que yo jamás conseguiría hacerme. No llegué a ver su calzado, pero estaba segura de que llevaba unas de esas alpargatas fabricadas con piel de algún pobre animal y suela de esparto, escogidas más por la comodidad que por la estética.

—¿Me permite el paso? —Ahí me di cuenta de que llevaba un rato observándola en silencio.

—Po-por supuesto. ¡Se encuentra usted en su propia casa! —Tratamudeé sin llegar a comprender cómo era capaz aquella mujer de hablar tan tranquilamente con una completa desconocida que se había colado en su casa.

—Merci beaucoup —continuó diciendo amablemente—. ¿Se hecha a un lado?

No había caído en que, aunque había decidido dejarla pasar a la galería, ni siquiera había articulado un solo músculo para dejar de obstaculizar el movimiento de la dueña de la casa. E incluso pensando en esto seguía sin ponerle remedio. Tenía que reaccionar como fuera.

Regresé de mis pensamientos y me aparté a un lado. La anciana entró en la despensa, se agachó despacio y con mucho esfuerzo a causa de la avanzada edad que debía tener, recogió los trozos grandes de cerámica y los guardó en una bolsa que sacó de uno de sus bolsillos. Después, con una escoba, barrió el resto del cuerpo inerte del recipiente.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

L - II (LVA)

Proseguí mi camino reparando en las puertas de madera que se cerraban a mi alrededor y sintiendo la desconfianza de sus miradas posadas sobre mi nuca. Murmuraban entre ellos quién podía ser, pero nadie se atrevía a preguntarme.

Entonces me di cuenta de que había también una pequeña casa en lo alto de una colina; justo en la colina de enfrente de la que yo acababa de bajar. Ésta, la pequeña casa, a pesar de estar apartada, pertenecía al sobrecogedor conjunto habitado de escamados pueblerinos y seguía a la perfección el canon pactado de los hogares en la villa. Como no parecía que fueran a ofrecerme cama alguna por aquella zona, decidí subir la pequeña cuesta y probar suerte.

Profundamente agotada, terminé de ascender y me paré a descansar unos agradables segundos para recuperar el aliento. El viento soplaba más fuertemente allí arriba y mi estómago aullaba hambriento. No había comido nada salvo unas míseras bayas que encontré en el bosque la noche anterior y ya no podía aguantar más.

Recuperado el soplo vital, me aproximé a la puerta y llamé. Un total de siete pacientes veces hice sonar la madera con mis nudillos, pero no obtuve respuesta en ninguna ocasión. Por respeto, no pretendía abrir la puerta sin serme otorgado el permiso necesario; pero, a la octava ocasión en la que me disponía a tocar, la puerta pareció entreabrirse. Me quedé paralizada unos instantes y finalmente fui capaz de moverme. No parecía haber nadie al otro lado de la puerta y no sabía si debía entrar o esperar a que alguien de dentro contestara y me invitara, como deseaba que lo hicieran, a cruzar el umbral. Así que volví a llamar, pero esta vez acompañando la tonada con un tímido hola que se perdió en el aire sin toparse con ninguna respuesta.

La casa no era muy grande, pero gozaba de dos pisos. En ese momento pensé que seguramente el de arriba contenía los dormitorios y el de abajo, el salón y la cocina. Efectivamente, acerté; pero eso aún no lo sabía. Ni siquiera sabía si habría alguien dentro. Tal vez la casa estuviera abandonada por estar tan lejos del centro del pueblo. O quizá, aunque se encontrara tan lejos del resto de los vecinos, tampoco allí fueran bienvenidas las visitas. Pero la puerta estaba entreabierta, así que decidí pasar.

Me encontraba en mitad de esta ardua misión cuando escuché un fuerte ruido dentro de la casa. Fue como un sonido seco pero estruendoso, como el grito de un objeto delicado al golpearse contra alguna superficie sólida.

Supongo que me asusté y por eso abandoné la tarea de abrir la puerta y entrar, pero también me alegré al advertir que sí había alguien en casa. De nuevo la parálisis, pero esta vez mezclada con un cosquilleo jubiloso. Volví a escuchar algo en el interior. No el mismo canto de antes, sino más bien un susurro, como una pequeña oración. Desperté y terminé de abrir.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

L - I (LVA)

Yo era virgen en afecto.

Tenían la belleza del salvaje, Dara Scully.

 

Se admira más al que sale de la droga que al que nunca ha caído en ella. Cómo iba entonces yo a no caer sobre su cama. Si ya estaba desnuda y su pecho me llamaba. Cómo iba entonces yo a no caer una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, si me sentía sola y lo único que quería era un poco de atención.

Pasaron tres días antes de que encontrara un lugar para dormir que no estuviera hecho de nieve. Llevaba horas caminando en línea recta con el estómago vacío y ya estaba demasiado cansada. Al final había decidido seguir los pasos de algunos de mis vecinos y huir también de mi antigua villa. Pero a mí me empujaba el miedo.

Anduve a través de un camino perfumado por una refrescante fragancia hasta un lugar que a primera vista me resultó extraño. No tanto por el hecho de que no esperaba encontrarlo allí de repente, sino por su apariencia. Desde la lejanía se apreciaba como un conjunto de grandes y elegantes casas que rellenaban con delicadeza el tímido paisaje. Demasiado bello para tratarse de algo real. Pero al acercarme, recelosa como estaba, el espejismo recobró su forma natural y observé que no era la próspera urbe que yo pensaba que sería, sino más bien un paisaje donde las casas pequeñas abundaban y se reunían todas juntas abrazando la plaza central. Se trataba de un acogedor nido donde todos los vecinos se conocían y defendían mutuamente, como una gran familia.

Adelanté mi paso con precaución para no resbalar en la pendiente y llegué, no sé cómo y por entre los matorrales, hasta la entrada. En cuanto uno de ellos se percató de mi presencia, los demás aldeanos empezaron a salir poco a poco de sus hogares. Me fijé en sus ojos. Todos, sin excepción, me miraban como se esperaría que miraran a una intrusa que acababa de bajar, en pleno invierno, por la montaña. Como si fuese yo una especie de monstruo que se alimentaba de tristes y solitarias almas; cuando en realidad, la triste y solitaria, en aquel momento, era yo.

Había, como bien observé momentos antes y pude apreciar mejor en los días siguientes, una plaza circular donde se reunían todos los habitantes en los días festivos. En el centro de ésta había una pequeña fuente en la que parecía haber esculpida una estatua de algún ser mitológico, tal vez un dios de la antigua Grecia, que sujetaba con su mano diestra un tridente ya oxidado. Alrededor de dicha fontana había unos bancos de piedra que, por su aspecto, no parecían muy cómodos, pero capaces de aliviar la fatiga un día cualquiera en el que se hubiera decidido trabajar con fuerza. Había también una iglesia románica construida en piedra unos siglos atrás. En ésta se apreciaba el arco de medio punto de la entrada principal y la cubierta abovedada que envolvía toda la parte superior. Nunca supe cómo era por dentro porque nunca se me pasó por la cabeza entrar (nunca he tenido excesivo interés por los temas religiosos), pero seguramente estaría repleta de arcos de medio punto, como el del pórtico, y habría alguna que otra columna de orden corintio. Un pequeño ayuntamiento un poco más actualizado se alzaba al lado del lugar de oración. Casas de paredes en un principio blancas que con el paso del tiempo habían acabado grisáceas, calles estrechas y un pequeño arroyo, ahora congelado, completaban la visión del pueblo.

jueves, 29 de octubre de 2020

Prólogo (LVA)

Ese día no intenté borrar mis huellas porque no era necesario.

Verás: yo tenía intención de suicidarme después. Alisarle la camisa, recogerme bien el pelo, tumbarme a su lado, despedirme con un beso en su fría mejilla, morder sin piedad el arma y eyacular dentro de mi boca.

Un último acto dramático en esta pantomima que ni siquiera había escrito yo.

Me sentía sola. Todos me habían abandonado. Yo había dejado que se fueran y ahora me tocaba a mí partir.

Pero al final no lo hice.

 

sábado, 10 de octubre de 2020

LEYENDO UN DIARIO DE ANAÏS NIN

me siento tan Anaïs Nin
que creo que su psiquiatra
me está curando a mí

el mío sin embargo me duplica la dosis

tiempo al tiempo, paciencia
y fuerza me recuerda
al salir de su consulta

yo refresco a cada rato
la bandeja de mensajes
no es tu nombre el que aparece
en la pantalla
 
no es tu nombre el que se escapa
en el trabajo de sus bocas
mientras conversan amigablemente
          de otras cosas
no es tu nombre el que penetra
aunque yo insista en mis oídos
no es tu nombre el que resuena
         en esta estancia
 
tampoco lo menciono en el sillón
a pesar de estar pensándolo
cuando me mira a los ojos
cuando demuestra genuino interés
por mis amantes

doctor:
 
¿qué pretenderá curar el tiempo
si no estoy herida?
¿si por cada día que pasa
hay un día menos que falta?
¿si en realidad no me duele
 
este vacío que albergo?
 
la clomipramina no hará
que deje de echarte de menos